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OTROS DIÁLOGOS | Traverso o la nueva anatomía de la melancolía (1/2)

Traverso o la nueva anatomía de la melancolía (1/2)

Publicamos aquí la primera parte de un ensayo en el que Christopher Domínguez analiza las aportaciones, y también las carencias, que ofrece la obra del historiador italiano Enzo Traverso al tratar la violencia en la primera mitad del siglo xx europeo, la que viera enfrentarse —a sangre y fuego— visiones del mundo como las del liberalismo, el comunismo y el fascismo, aparentemente tan diferentes y distantes, y a la vez con símiles notorios. En la segunda parte, la aguda crítica de Domínguez retomará estos temas para hacerlos pasar por el tamiz del concepto de “melancolía” como conciencia del potencial del pasado, en particular de aquella que acunan las corrientes marxistas heterodoxas.

 

–CHRISTOPHER DOMÍNGUEZ MICHAEL*

 


 

A Roger Bartra

Guerra civil, guerra total

 

Enzo Traverso (Gavi, Italia, 1957) es devoto de la caracterización del siglo xx como un “siglo corto” (1914-1989), misma que llegó para quedarse gracias a Eric Hobsbawn, quien no sólo fue un gran historiador sino un cómplice flemático y distante de la sangrienta centuria desde la doble insularidad del Partido Comunista inglés, al cual nunca renunció, en un acto a la vez de orgullo aristocrático y de contrición activa. A ferro e fuoco. La guerra civile europea 1914-1945 (2008), el primer gran libro de Traverso, en su relativa brevedad pretende darle un nuevo equilibrio a la guerra y a la revolución en los dos extremos de la balanza de un siglo que él mismo no puede sino ver desde una perspectiva, a mis ojos, latina, es decir, católica, apostólica y romana: el siglo es un rapto de tiempo donde sucede, esencialmente, una Historia común posterior a la Revelación.

Para bien y para mal, ni los factuales acontecimientos aislados de la historia ni las largas duraciones satisfacen a Traverso y por ello su lectura, a mí en lo particular, me es tan sabrosa. No deja de ser, desde luego, un historiador europeo continental, pero sus esfuerzos por globalizar la historia del siglo xx son más bien intencionados que agudos. Aunque localiza con precisión el inicio de la “cuestión colonial” en el congreso bolchevique de Bakú de 1920, dedicado a los pueblos de Oriente, durante el cual Grigori Zinóviev injertó en la doctrina marxista un cuerpo extraño que hubiese afiebrado a Marx y a Engels: el anticolonialismo, Traverso sabe, aunque ya no sea políticamente correcto afirmarlo y mucho menos en las universidades, que el siglo xx fue la culminación de un milenio europeo.1

Para darle a la guerra lo que fue de la guerra y a la revolución lo que fue de la revolución, Traverso discute con quienes han visto en el xx el siglo del testimonio (Annette Wieviorka), donde una extensa zona gris o de niebla coloca, junto a los carniceros y a las víctimas, a los espectadores. Si las víctimas han ganado plena visibilidad sólo hasta el siglo xxi, como ya nos los dirá el propio Traverso en La historia como campo de batalla. Interpretar las violencias del siglo xx (2011), al verlas transformadas en la muy equívoca figura central del relato histórico, Raul Hilberg —el primer autor de un verdadero panorama del Holocausto— agregó a los espectadores de aquellas atrocidades, hombres comunes y corrientes que fueron indiferentes, viles, valientes, impotentes o cobardes ante la desgracia ajena. Como historiador en una actualidad obsesionada por la memoria histórica o por la judicialización de la historia, según se la vea, Traverso vuelve a discutir, con excepcional vigor, con Rosa Luxemburgo, Antonio Gramsci, Lev Trotski, Manuel Azaña, Walter Benjamin, Ernst Jünger, Carl Schmitt y Ernst Nolte. Ni las visiones más conservadoras de la Revolución rusa, por ejemplo, escapan a su sagaz examen, pues no olvida que el siglo xx, acaso, al final de cuentas acabó por ser weberiano (lo recalcó Tzvetan Todorov) y fue una querella insidiosa entre la moral de la responsabilidad y la moral de las convicciones.

Traverso abre A ferro e fuoco con el asunto de la “guerra civil europea” que popularizó Nolte y prepara al lector para el “siglo corto” de Hobsbawn, aclarando que esa temporalidad proviene, entre otros, de Jünger desde La movilización total (1931). Es conocida la tesis de Nolte de que el nacionalsocialismo alemán fue una réplica (e imitación) de la violencia bolchevique venida de Rusia, la cual acabó por fosilizar los imperios totalitarios, hermanos-enemigos que hasta pactaron una tregua entre 1939 y 1941, aprovechada por quien se creía más listo (Hitler), pero que provocó una guerra casi mundial, ganada por Stalin. En todo caso, la noción alemana de “guerra total” no puede ser comparada con la Unión Sagrada de los franceses en 1914, más afín a formas de patriotismo que precisamente el bolchevismo y el nazismo tornarían, en mi opinión, caducas, aunque bien dice Traverso que la Gran Guerra, en toda Europa, “nacionalizó” la guerra.2

Pero volvamos a Nolte. Si la disputa de los historiadores de 1987 lo dejó crucificado, aquella querella académica, al salirse de cauce hasta la opinión pública, explica que, un cuarto de siglo después, Alemania tenga una cada vez más poderosa derecha nacionalista que se ha sacudido el polvo nazi con mucho éxito. Si Nolte es el padre intelectual de ese resurgimiento nacionalista —quizá sea inexacto llamarlo fascista, como en el caso de Donald Trump, también discutido por Traverso en I nuovo volti del fascismo (2017)— su explicación genética del nazismo fue descalificada por su interesado desinterés por la historia nacional alemana. Pero Traverso le reconoce a Nolte no sólo haber actualizado la intuición de Jünger sobre la guerra total sino reponer el lugar de Nietzsche como combatiente secular a la altura de Marx, obviedad ocultada durante décadas por los franceses y su (también posible) “nietzscheanismo de izquierda”.

Al rechazar el nacionalismo conservador de Nolte, caracterizado por asumir como equivalentes al Holocausto y al más vasto, pero menos admitido genocidio bolchevique, iniciado en 1918 y que sólo la muerte de Stalin logró que se fuese desvaneciendo, Traverso se apoya en Hobsbawn y su siglo corto para empezar su batalla en el otro extremo del arco ideológico, contra el liberal François Furet, como veremos.

Recurriendo a Nolte, a Hobsbawn y a Furet, de cualquier forma, Traverso certifica que el drama comenzó en Sarajevo, dando comienzo a la Gran Guerra que se transforma en la guerra civil europea, caliente entre 1914 y 1918, y una vez más entre 1939 y 1945, con la tregua de entreguerras y la implosión, más allá de Europa y desde la Guerra Fría, de la violencia hacia todo el mundo mientras rigieron los bloques desaparecidos tras la caída del Muro de Berlín en 1989. Ya había, desde luego, un modelo historiográfico a la mano y se sirve de él: la Guerra de los Treinta Años (1616-1648). Antes que él, de ese símil —Traverso nos cuenta— ya se habían acordado lo mismo el historiador alemán Hans Kohn, el novelista Curzio Malaparte en Kaputt y el ideólogo nazi Alfred Rosenberg, lo mismo que sir Winston Churchill, quien acabó por compartir la noción de “guerra total”.

Las semejanzas entre ambas guerras “totales” son suficientes para trabajar. Una, la del siglo xvii, transcurre con el fondo del conflicto religioso entre catolicismo y protestantismo; la otra, vista desde los años de las trincheras, entre la democracia liberal y el autoritarismo del Reich, oposición que mutará, tras 1917, entre comunismo y fascismo, con el liberalismo como tercero en discordia. En ambos casos —Traverso se apoya nuevamente en Hobsbawn— se trata de guerras entre la Ilustración (con la problemática cuestión, un poco al estilo de las simplificaciones soviéticas —a mi modo de ver—, de hacer de la Reforma una protoilustración) y la Contrailustración (de la cual se excluye al comunismo, un hijo indeseado de la Ilustración, tal cual lo postuló la gente de Fráncfort en su célebre Dialéctica, libro del que proviene medio mundo y en ese medio mundo está Traverso). En todo caso, tanto en el xvii como en el xx, ya tenemos guerras donde la población civil es víctima directa de un conflicto (de manera involuntaria en el primer caso; de forma deliberada en el segundo), en las cuales, además, se cruzan violencias antes más fáciles de aislar: las de la conquista, las de la religión, las del saqueo, las de las masas, las de las élites.

Una segunda guerra civil europea es, desde luego, la provocada por la revolución francesa, entre 1792 y 1814, cuya cercanía con el siglo xx y sus obsesiones es, desde luego, más obvia. La aparición, nos recuerda Traverso en A ferro e fuoco, del jacobinismo preludia la del bolchevismo; la de Napoleón, a Stalin. Pero ésa no es la verdadera novedad, sino la asociación de una figura entonces reciente —la del ciudadano— a una forma superior de civilización —la nación—, a la cual el primero le debe la vida: nace el nacionalismo asociado a la libertad. Antes de 1792 no existía la noción laica que enfrentaba a los amigos y a los enemigos de la libertad, que de tan buena prensa sigue gozando, y el Congreso de Viena de 1815 estableció una paz de 99 años, como las conferencias entre Stalin, Churchill y Roosevelt que ordenaron el mundo durante casi medio siglo, con ese “balance de poder” dibujado por Karl Polanyi, precedido por otro, que fracasó ostensiblemente: el pretendido por el Tratado de Versalles.

Esa humillación primordial, que autoriza a Hitler el incendio del mundo, desata la guerra civil rusa —causante del nazismo, según Nolte— y provoca la crisis de 1929, misma que permite a Keynes “estatizar”, para salvarlo, al capitalismo. Pero si el congreso de Viena, nos advierte Traverso, restauró, aun artificialmente, un mundo, el Tratado de Versalles en 1919 pretendió ingenuamente reorganizar el planeta para conjurar revoluciones y contrarrevoluciones en ebullición. Talleyrand salvaba la unidad de Francia en 1815, mientras Karl Rádek, antes del fracaso de los soviets alemanes y húngaros, llamaba a la revolución mundial desde Moscú en 1919, transformando la guerra de las potencias en la de los pueblos, concluye Traverso. La Revolución francesa inventa al ciudadano armado; los bolcheviques legitiman la toma revolucionaria del poder como su razón de ser.

El keynesianismo, con el antecedente de la socialdemocracia alemana y el laborismo inglés, le da a la planificación central soviética una respetabilidad política y económica de la que carecía, misma que es transferida a los fascismos. Ello nos lleva a otra de las preguntas capitales de Traverso sobre si hubo solamente un totalitarismo, pese a todos los honores debidos y rendidos a Hannah Arendt, o si es una etiqueta de escasa utilidad historiográfica en nuestros días, como lo piensa Traverso, o un arma de propaganda política neoliberal, como lo ha denunciado Slavoj Zizek. Tras leer a Traverso, autor de páginas memorables sobre Arendt y de una formidable antología sobre la cuestión (Le Totalitarisme. Le xxe Siècle en débat, 2001), me adhiero a quienes piensan que el totalitarismo del siglo xx fue uno solo, por más variantes y ramificaciones que haya sufrido. Fascista o comunista, sus contradictorios orígenes están en la Ilustración y aun antes, en la Reforma y en la Contrarreforma. Me atengo, resignado, a la definición de Benjamin de que toda obra de civilización lo es también de barbarie.

La guerra civil europea del siglo xx no fue, así, un evento braudeliano sino un ciclo de larga duración, visto desde la óptica de Nikolái Kondratieff u Oswald Spengler, da igual. (Aquí Traverso debió soltarse la melena y citar, sirviéndose de la ucronía, a su compatriota Vico). Mientras Kant y Hegel, pese al Terror, saludaron la Revolución francesa como un momento de emancipación, la Gran Guerra será para Karl Krauss el espectáculo de “los últimos días de la humanidad” y el ciclo entero, para T. W. Adorno y Max Horkheimer, la “autodestrucción de la razón”. Entre 1792 y 1945, al menos, el círculo se ha cerrado. Si la guerra, desde los griegos, es política, la guerra civil, para todos los teóricos de la guerra (Tucídides, Maquiavelo, Clausewitz) es una guerra indeseada e inmoral, la peor de las enfermedades (Hobbes). A diferencia de “la guerra justa”, la civil nunca tuvo defensores laicos. Simplificando (lo hago yo, no Traverso), “nuestra” guerra civil hereda, como víctima, no al adversario sino al hereje de las guerras de religión.

En cuanto crítico literario aficionado a la historia, yo ubicaría a esa nueva forma de guerra civil —como lector de Maupassant— entre Francia y Prusia en 1871, o poco antes —como lector de Whitman—, en la Guerra de Secesión. Como fuese, se autoriza y promueve el fratricidio entre compatriotas; al principio y después, se despoja de toda humanidad al enemigo. Traverso subraya que la dicotomía amigo/enemigo del nazi Carl Schmitt, presente en Su moral y la nuestra, de Lev Trotski, ese mártir, es intercambiable en su elogio de la guerra civil. Es interesante saber que, al respecto, el último Trotski, guarecido en Coyoacán, no sea distinto a sí mismo, al victorioso autor del panfleto contra Kautsky, Terrorismo y comunismo, de 1920. En todo caso, léase a H.G. Wells, a Thomas Mann o a Marinetti, la conflagración del mundo alucinaba a todas las mentes antes o durante la Gran Guerra. Y tampoco olvida Traverso hacerle los honores a los pacifistas, lo mismo a Romain Rolland que a Rosa Luxemburgo, la cual, por cierto, acaso fue la primera en detectar “histeria colectiva” en el nacionalismo de agosto de 1914, mismo que le recordaba el ambiente previo a los progromos rusos.

Las treguas esporádicas de la navidad de 1914 en la que los combatientes se abrazan, cuenta Traverso, son el último signo de una civilidad guerrera perdida. El lúcido Victor Serge, acaso el único de los bolcheviques que condenó a su propia revolución por razones morales (mismas, como veremos, que Traverso desprecia como historiador), resalta en 1919 que la guerra civil no puede ser sino de exterminio. Concebir de esa manera a la guerra civil se convierte, durante la centuria pasada, en la norma, no en la excepción. La lepra que horrorizaba a Hobbes, para los propagandistas de Hitler y Stalin es la salud de un pueblo, su vigor, su élan vital.

La violencia “caliente” de la guerra civil ha sido explicada con el mito y la antropología, relacionándola con la fiesta (por Roger Caillois, pero no sólo por él, también por Marcel Mauss, por Ezequiel Martínez Estrada y Octavio Paz). Traverso considera esa interrupción del tiempo cronológico y cuantitativo como una novedad, por más que se evoque a la Europa de 1848, en general, o a la Comuna de París en 1871, en particular. En este punto —nadie olvida el furor del Terror blanco durante la guerra civil rusa—, Traverso se compromete con uno de sus puntos de vista más polémicos. Si en la disputa alemana de los historiadores (1987) se trataba para algunos de “desdemonizar” a Hitler, el historiador italiano hace lo propio con el Terror rojo, menos “un producto de la ideología bolchevique” que de la violencia ambiental convertida en endémica gracias a la Gran Guerra. No estamos tan lejos de Nolte. Sin considerar obras como Les origines intellectuelles du léninisme (1977), de Alain Besançon, que prueban los propósitos, nada samaritanos, de Lenin desde principios de siglo. En Lenin, demuestra Besançon, la idea de “utopía” como fraternidad (más allá de la suma de los sóviets más la electricidad) no aparece. El Terror está implícito, en cambio, desde el principio.

Como Nolte al desentenderse de la historia alemana como umbral del nazismo, Traverso se equivoca igualmente al considerar sólo “reactiva” la violencia bolchevique, cuando ambas —más en el caso ruso, me temo, gracias al terrorismo populista­— están enraizadas en el siglo xix. Esa empresa de salvación de la izquierda de su propia demonología también es notoria en un ensayo posterior de Traverso, antologado en español por Juan Andrade y Fernando Hernández Sánchez (1917: La Revolución rusa cien años después, 2017), “Historiando el comunismo”, donde el fino análisis traversiano adolece de ese recurso a la ocultación que a veces lo tienta. Siendo muy sofisticada su equiparación de la gigantomaquia bolchevique —que Serguéi Eisenstein llevará al cine en Octubre (1927)— con el infierno comunista sin redención —retratado sobre todo durante la Guerra Fría por los historiadores conservadores—, Traverso de plano desvincula a Marx de la Revolución rusa. Yo creo, con Lucio Coletti, que el leninismo fue la realización hegeliana del marxismo; y, con Leszek Kolakowski, que la doctrina de Marx, fallecido en 1883, debe pagar el costo, como cualquier otra, por el uso que de ella hicieron sus pretendidos herederos. Pero para Traverso, me temo, la Cheka sigue siendo una consecuencia de la agresión extranjera contra el pueblo soviético.3

Tras descartar como “primitiva” la violencia “caliente” posterior a la Gran Guerra, tal cual lo pensó Norbert Elias, y reivindicar una vez más la Dialéctica de la Ilustración, Traverso tiende a pensar en los totalitarismos como consecuencia de la modernidad. El caso alemán —que inspiró a Hannah Arendt su famoso libro en un momento en que las fuentes sobre el Gulag eran escasas en Occidente— parece ser más complejo en la disección totalitaria que el soviético, no sólo por el acceso parlamentario del Führer al poder sino porque, al menos hasta 1938 y aun después, todo aquello que fuera ajeno a la persecución antisemita, en el terreno judicial, continuó funcionando “normalmente” en el III Reich, de tal forma que tesis como la de Roman Schnur sobre el nazismo, como “la guerra civil legalizada”, son justamente desechadas por Traverso, lo mismo que la provocativa pero errática ideación de Franz Neumann del Estado nazi como un Behemot (1942), la creatura del caos.

 

Crítica de la violencia

 

La riqueza de A ferro e fuoco hace imposible detenerse en el examen hecho por Traverso de la “justicia de los vencedores”, tan polémica, sobre todo a la luz del Holocausto —asunto que estudiará en El fin de la modernidad judía— y de los crímenes contra la paz, sólo atribuidos a los vencidos (como la invasión alemana de Polonia) y no a los vencedores, pues igual de “criminal” fue la invasión soviética de Finlandia. Traverso, igualmente, descarta la “culpa metafísica” trabajada por Karl Jaspers, porque los procesos de Nuremberg acabaron por purificar a Alemania de sus crímenes. También resulta imprescindible leer las dudas que a Traverso le imponen las depuraciones francesas e italianas, las cuales culminaron en exoneraciones colectivas de miles de fascistas, como la decretada por Palmiro Togliatti, ministro comunista de Gracia y Justicia, en 1946. En todo caso, la noción de imprescriptibilidad de los crímenes de guerra no entrará en la jurisprudencia mundial sino hasta los años setenta. Una cosa es la amnistía y otra la gracia, prescribe, lúcido, Traverso.

Sin despreciar las fuentes iconográficas y filosóficas (de Paul Klee a Benjamin, de Martin Heidegger a Leo Strauss), Traverso pinta, en su brevedad, uno de los cuadros más completos que puedan leerse sobre 1914-1945, donde prevalece un clima de pánico que volverá, una vez terminadas las hostilidades, imposible la antigua confraternización entre vencedores y vencidos. Traverso registra, a su vez, otro cambio sociológico: en el siglo xx, las guerras promovidas por el totalitarismo están basadas en la exaltación de la juventud que, aunque absolutamente masculinizada, es la nueva reina del mundo; por ello, quizá, el viejo Adorno vio en el 68 un regreso a los años treinta.

En cuanto a los intelectuales y la guerra, Traverso no abandona el guion maestro: La montaña mágica (1911), donde quedó plasmada la contradicción que, al menos hasta 1989, la revolución y el totalitarismo hicieron sufrir a todas las mentes conflictuadas por la guerra, contradicción que enfrenta a Settembrini, el intelectual democrático, racionalista y progresista, con Naphta, el nihilista romántico y apocalíptico, de origen jesuítico, de porvenir totalitario, de quien provienen lo mismo comunistas y fascistas. Todos hemos sido alguna vez, alguna tarde, alguna temporada, hasta una vida, alguno de ellos.

Aunque se sabe de la admiración (y consecuente emulación) que de la propaganda bolchevique hiciesen los nazis y es conocida la frase de Goebbels —pronunciada durante la tregua de los dictadores entre 1939 y 1941— de que gran cosa sería para el nacionalsocialismo tener un director de cine como Eisenstein, Traverso localiza, meticuloso, en A ferro e fuoco, un punto de convergencia pasajero y significativo. Cuando la ocupación francesa del Ruhr, en 1923, Rádek, comisionado de la Internacional Comunista en Berlín, no sólo condena el Tratado de Versalles como una humillación colonial, sino desea elevar a la lista de mártires el nombre de Schlagater, un nacionalista alemán asesinado, creyendo que el nacionalismo antioccidental de los derrotados de 1918 bien puede sembrar la unidad con los comunistas. Luego vendrá el “nacional bolchevismo” de Ernst Niekisch, bien conocido hasta la fecha en Rusia.

La naturaleza revolucionaria del fascismo, personificada por Mussolini y diseccionada como de origen francés por Zeev Sternhell, lleva a Traverso, desde luego, a establecer otros paralelos entre los hermanos-amigos, como cuando ni más ni menos que Benjamin entra en contacto con Schmitt anunciándole su libro sobre el drama barroco alemán en 1930. En la carta que le envía, el ensayista judío encuentra relación con la Teología política (1921) y La dictadura (1922), de Schmitt, quien sería el padre del derecho nazi, actualmente muy presente en el silabario de los neocomunistas. Se comprenderá que Adorno y Gershom Scholem hayan preferido no incluir esta carta en su primera recopilación de la correspondencia de quien se suicidase en Portbou, en 1940, para no caer en manos de los agentes de la Europa hitleriana.

“Lejos de ser un ejemplo de la coincidentia oppositorum, la relación entre Benjamin y Schmitt ilustra el ejercicio de la polarización propia de la guerra civil europea en el campo intelectual durante el periodo de entreguerras”, escribe Traverso. Habrá otros casos, más conocidos y en extremo simbólicos, como el horror compartido por Simone Weil y Georges Bernanos ante las masacres cometidas igualmente en el bando republicano y en el nacionalista durante la guerra civil española, así como la refutación de John Dewey —el liberal pragmático estadounidense que colaboró con Trotski en la condena de los procesos de Moscú— de la prominencia criminal, por principio ajena a toda justificación histórica, de la supremacía del fin sobre los medios, tan propia al jefe del Ejército Rojo, asesinado en Coyoacán en 1940.

Antifascistas los hubo muchos que no fueron comunistas, aunque hayan colaborado con los frentes populares, recalca Traverso, indispuesto a equiparar sin más a los totalitarismos. Frente al Holocausto, Traverso recuerda que la Escuela de Fráncfort, judía en esencia, se mantuvo en los años treinta al margen del antifascismo estaliniano y que la Dialéctica de la Ilustración, si entiendo bien, explica a Hitler, no a Stalin. Me parece que, a los ojos del italiano —muy respetuoso de esa suerte de trotskista moderado tal mal visto, por populizador, en la academia anglosajona, que fue Isaac Deutscher—, Stalin no deja de ser un thermidoriano; y el bolchevismo, un hijo inesperado de la Ilustración y de su Revolución, tanto la de 1789 como la de 1793.◊

 


 

Bibliografía

 

Enzo Traverso (selección y presentación), Le Totalitarisme. Le xxe siècle en débat, París, Seuil, 2001, 923 pp.

———, A ferro e fuoco. La guerra civile europea 1914-1945, Bolonia, Il Mulino, 2008, 273 pp.

——— et al., Il Novecento di Hannah Arendt, Olivia Guaraldo (ed.), Verona, Ombre Corte, 2008, 169 pp.

———, La historia como campo de batalla. Interpretar las violencias del siglo xx, Laura Fólica (trad.), Buenos Aires, fce, 2012, 332 pp.

———, El final de la modernidad judía. Historia de un giro conservador, Gustau Muñoz (trad.), Buenos Aires, fce, 2012, 238 pp.

———, ¿Qué fue de los intelectuales?, conversación con Régis Meyran, María de la Paz Georgiadis (trad.), Buenos Aires, Siglo XXI editores, 2014, 121 pp.

——— et al., 1917. La Revolución Rusa cien años después, Madrid, Akal, 2017, 665 pp.

———, Malinconia di sinistra. Una tradizione nascosta, Carlo Salzani (trad.), Milán, Feltrinelli, 2016, 246 pp.

———, I nouvi volti del fascismo, conversación con Régis Meyran, Gianfranco Morosato (trad.), Verona, Ombre Corte, 2017, 142 pp.

 


1 Por cierto, haciendo el bien merecido elogio de La revolución interrumpida (1971), de Adolfo Gilly, una hermosa mentira romántica, en clave trotskista, sobre la Revolución mexicana, me atrevo a desmentir a Traverso en su preocupación sobre la ignorancia marxista del colonialismo. Si bien Marx lo ignoró, como bien dice Traverso, ése no fue el caso de los soviéticos, autores de numerosas interpretaciones marxistas-leninistas sobre la Revolución mexicana (Traverso, Malincolia di sinistra, p. 166).

2 Traverso, A ferro e fuoco, Bolonia, Il Mulino, 2008, p. 105.

3 Traverso, La historia como campo de batalla, pp. 93-94.

 


* CHRISTOPHER DOMÍNGUEZ MICHAEL
Es crítico literario e historiador de la literatura, autor, entre otros libros, de La innovación retrógrada. Literatura mexicana, 1805-1863, publicado por El Colegio de México en 2016.