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OTROS DIÁLOGOS | Soñar en cubano

Soñar en cubano

 

–ESTEFANÍA MORALES*

 


 

Leila Guerriero (ed.),
Cuba en la encrucijada,
México, Debate, 2017.

 

En “La ruta de los cocoteros”, un joven cubano visita en Miami a su padre, del que ha estado lejos durante años. Entre la ciudad estadounidense y la pequeña isla hay muchos kilómetros de distancia, pero los separan más las condiciones políticas de los países donde cada uno reside. El escritor Carlos Manuel Álvarez narra el encuentro con su padre y el oficio de ser cocotero en un país donde sólo puedes hablar español en tus sueños. En medio de la bitácora de Manuel Álvarez, aparece obstinada la voz de René Arocha, uno de los primeros traidores a la revolución, o al menos así lo presentaban en los programas de radio y televisión estadounidenses. ¿El precio? La primera pasión de su vida: el beisbol. Ahora, viejo y cansado, no tiene ningún interés en seguir jugando y mucho menos en regresar a la tierra que lo vio nacer. “Yo no traicioné a Cuba, Cuba me traicionó a mí”, le cuenta al escritor, mientras su padre y el exjugador de beisbol platican sobre los cocos que acaban de bajar de un árbol, como si no fueran Cuba, Fidel y la revolución desgastante lo que los llevó a estar juntos en ese momento, sino bajar unos cocos al calor del sol de Miami.

El texto de Patricia Engel nos presenta a Manuel, y yo, desde las primeras palabras, los imaginé enamorados, cada uno con su propia explicación del mundo que le había tocado vivir. Ella, colombiana de la cabeza rizada a los pies morenos y Manuel tan cubano, desde su madre inmaculada hasta su ateísmo respetuoso. Recorrí junto con ellos las plazas llenas por la visita del papa Francisco en 2015; sus viajes antropológicos en el taxi de Manuel, donde cada pasajero contaba su versión de la precariedad. Hasta me senté junto a Patricia, mientras le daba chocolates a la mamá de Manuel, un producto que la familia sólo podía consumir cuando la visitaba la colombiana. Nunca se enamoraron, ni cerca estuvieron de hacerlo. Leí todo el texto esperando con ansías un pequeño coqueteo entre ellos, que nunca sucedió. No fue necesario un amorío forzado para que la periodista descubriera y entendiera Cuba a partir de los recuerdos de Manuel, un cubano fiel a su madre, pero no a la revolución.

No son demasiado secretos los rituales y creencias espirituales que lograron escapar a la revolución. En “La Cuba secreta” se describe una práctica antigua en Cuba, “la charada”, una rifa ilegal de origen chino en la que los números se asocian con figuras de animales, personas, cosas, sorteo que se utiliza para explicar la realidad abrumante, retarla y enfrentarla en lo cotidiano. Esta costumbre ilegal se le escapó a Fidel Castro de las manos porque desde los más ricos y elegantes hasta los que dormían en la calle apostaban en la charada, esperando tener mejor suerte ese día, porque la vida revolucionaria nada más ya no daba. Durante una de las épocas más duras para los cubanos, llamada de manera amable el “Periodo Especial”, la charada fue el escape para muchos habitantes, quienes no recurrían a ella por ayuda económica exactamente, sino por una explicación poética para el vacío de su corazón, para el dolor de su estómago, para el miedo de no llegar a la siguiente despensa que el Estado les proporcionaba.

Aunque el autor de “Aunque esté muerto”, Patricio Hernández, no se atreve a emitir una postura crítica, la metáfora de las peleas de gallos con la Revolución Cubana funciona para tener una perspectiva de las condiciones y oportunidades económicas tan limitadas con las que los habitantes tienen que sobrevivir. Gerardo, un conductor cubano que como sea se las arreglaba, guio a Patricio por toda la Cuba que no le tocaba ver con sus amigos artistas, quienes, a diferencia de la población promedio, gozaban de los privilegios que la curiosidad extranjera les otorgaba. De repente se puso de moda ser cubano. Ya no daba miedo ir a la isla y los europeos pagaban en dólares por ver una obra “revolucionaria”. Al igual que los profesionistas —arquitectos, médicos o profesores—, que sólo aspiran al salario que el Estado les asigna, y que no supera los 30 dólares mensuales, Gerardo tiene que sobrevivir, aunque no sea profesionista, ni artista: tiene un gallo de pelea al que apunta con una apuesta muy alta en un lugar ilegal y escondido de la isla. Ninguno de los protagonistas de la historia dice nada, pero la pelea del gallo no era por dinero. Hasta pareciera que es lo que menos importa: Gerardo apuesta para sobrevivir en espíritu a esa Cuba sin Fidel Castro que aprieta, pero no termina de ahorcar.

“El capital cubano” tiene nombre de ensayo porque lo es. Iván de la Nuez escribe un brillante análisis sobre la función del capital en Cuba, entendiendo que el comercio no es el fin, sino el medio. Interpreta las distintas consecuencias que las limitaciones económicas les causaron a los cubanos. El precio de la revolución fue muy alto y aún siguen cobrándolo. Lo más interesante son las referencias culturales que utiliza el autor para entender Cuba; Iván es español, pero utiliza las explicaciones que los cubanos han hecho para que el mundo entienda, al menos en parte, el costo de vivir en resistencia constante: contra el látigo rencoroso del capitalismo y la globalización.

A través de una historia íntima, el escritor Leonardo Padura confiesa, en “Soñar en cubano”, que su profesión fue resultado del fracaso de su vida: querer ser beisbolista. Su destino ya estaba trazado aun antes de nacer, pues su padre deseaba más que nada ser “pelotero”, como se dice allá; al no lograrlo, se aferró a todos los santos para que su primer hijo fuera varón y zurdo. Y así fue, pero ni estas condiciones favorables hicieron que Padura tuviera el talento que se necesita para desempeñarse en este deporte. El escritor habla de todas las puertas que se le cerraron, pese a los esfuerzos que ponía por cumplir el objetivo que su apellido le había asignado. No sólo fue el beisbol, también fue el periodismo deportivo, ya que el año en que entró a la universidad el Estado decidió que el país ya tenía suficientes periodistas y no había matrícula, por lo que terminó en Letras, escribiendo cuentos —y, ahora, también el relato con el que pudo juntar los dos mundos que creyó nunca poder vivir: el periodismo y el beisbol.

En “La película personal”, el actor de origen cubano Vladimir Cruz monologa y confiesa todas las dificultades a las que tuvo que someterse para triunfar en el mundo de la actuación, o al menos dentro de las limitaciones que la Revolución Cubana le permitía. La película “Fresa y chocolate” lo catapultó como estrella internacional, permitiéndole viajar alrededor del mundo tras ser nominado al Óscar por mejor película extranjera. La anécdota de él viendo la nominación, desde una televisión, encerrado en un remolque, retrata el papel de los artistas en Cuba y, en este caso, de los actores que desarrollaron técnicas de actuación y grabación peculiares porque no había recursos para desperdiciar ni un segundo de cinta.

En “Glamour y revolución”, Wendy Guerra le pone ropa muy bonita a la Revolución Cubana. Sin necesidad de ver una foto de la época, puedo imaginar los colores y estilos que utiliza la periodista para describir otra manera de vivir un tiempo de precarización y choque cultural. En un país como Cuba, hasta la manera de vestirse es política. No porque sea una respuesta subversiva a las decisiones de los gobiernos sino, más bien, porque las personas se visten con lo que queda. Muchos dicen que Cuba se quedó estancada en la estética de los años cincuenta, pero Guerra nos cuenta que se quedó estancada en lo que les sobró a los demás países de esa época, y los milagros que tuvieron que hacer las cubanas, como pintarse una línea en la pierna para engañar al ojo y hacer creer que traían puestas unas medias.

Además del beisbol, la jinetería es otra práctica común y característica en un cubano. No lo digo repitiendo un cliché. En “El cazador: El jinetero Ernesto”, Abraham Jiménez Enoa ilustra el origen de los jineteros y explica detalladamente cómo funciona tal oficio a través de Ernesto, un atractivo cubano que lleva muchos años entregado a su profesión. Ya no es ningún novato, y vive de sus viejas y nuevas glorias. Con su cuerpo torneado y musculoso, atrae a extranjeras que le pagan sus servicios sexuales y románticos con dinero, joyas, celulares, o cualquier objeto de valor que ellas decidan obsequiarle en agradecimiento por unos días de intenso romance.

Me llama la atención el papel del entretenimiento tropical y lujurioso en una isla tan combativa como Cuba. El mismo Fidel Castro asistió a presentaciones del famoso cabaret “El Tropicana”, donde han bailado las más talentosas y disciplinadas mujeres del país. Francisco Goldman se adelanta a la curiosidad que causa el tema y analiza el papel identitario que existe en torno al baile exótico y tropical que se interpreta en los shows del consagrado recinto.

Un estadounidense que explicara Cuba haría que Fidel reviviera y volviera a morir, pero, en “La otra orilla”, John Lee Anderson lo hace con su familia, mitad británica y mitad “americana”. Se instala con ella en Cuba durante dos años con el objetivo de escribir una biografía del Che Guevara. El gobierno cubano le asigna una casa grande que da al mar. El lugar y su estilo de vida necesitan de mucho mantenimiento, por lo que termina contratando a más de 30 trabajadores cubanos, con los que inicia una cordial amistad. Desde la ventana de su casa atestiguará la huida de sus trabajadores y amigos, que aprovecharán la primera oportunidad para irse de la isla en lanchas improvisadas, esperando encontrar una mejor vida.

No es necesario otorgarle el beneficio de la duda al título “La librería de Sodoma”; efectivamente, hace referencia al mito bíblico de Sodoma, el que se utiliza para hablar de la homosexualidad. Rubén Gallo narra, de manera cercana y personal, cómo los hombres viven su orientación sexual en la lejana isla, donde la única represión es la que ejercen las esposas de sus amantes. El escenario de la historia es una vieja y clandestina librería de volúmenes prohibidos.

En este libro, Cuba en la encrucijada, Leila Guerriero compila diferentes perspectivas de lo que significa Cuba: la palabra, el país, la isla, la revolución, ser cubano, ser cubana, nacer cubano, huir cubano, hablar cubano, vestir cubano, llorar cubano, bailar cubano. Los textos que lo conforman nacieron de la necesidad de entender el país desde el baile, la educación, la moda, desde un humilde taxista que intenta salvar a un pelícano que va a ser devorado, o una librería llena de perros como símbolo de la resistencia, hasta un juego de apuestas o un legrado más sencillo que una consulta dental. Cuba no sólo dice: grita. Y está esperando que la escuchemos. A través de doce periodistas conocemos las contradicciones de la isla revolucionaria, que se dibujan frente a los ojos de cada uno de los colaboradores. Su índice es un menú de los sabores que tiene Cuba para los que la habitan y aun para los que estamos a la expectativa de lo que ocurra en ella.◊

 


* ESTEFANÍA MORALES
Es periodista.