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OTROS DIÁLOGOS | ¿Qué decir?

¿Qué decir?

Premonitorio, el novelista y ensayista Juan García Ponce escribió hace décadas lo siguiente, anticipando nuestro duelo: “Su presencia nos ha acompañado durante toda nuestra vida literaria aun antes de que la muerte tuviera alguna realidad para él”.

 

– JUAN GARCÍA PONCE –

 


 

Árbol con pájaros / Serge Jolimeau

Publicado originalmente en Presencia de Ramón Xirau, México, Coordinación de Difusión Cultural. Dirección de Literatura-unam (Textos de Humanidades), 1986, pp. 61-64.

 

Su presencia nos ha acompañado durante toda nuestra vida literaria aun antes de que la muerte tuviera alguna realidad para él. Tres poetas de la soledad, el descubrimiento de un libro, un título, un texto, un escritor que nos hacía más cercanos a los poetas que, desde que empezaron a leer, siempre estuvieron cercanos y al que, como a esos poetas, sólo conocíamos como lectores. Era Ramón Xirau escribiendo sobre José Gorostiza, Xavier Villaurrutia y Octavio Paz. Tengo delante de mí el libro editado por la Antigua Librería Robredo en su colección México y lo mexicano, en 1955. Casi treinta años. Y después, conocer a Ramón Xirau, trabajar para él y con él en el Centro Mexicano de Escritores en 1957; y hacerse amigo de Ramón Xirau y colaborar con él en tantas empresas comunes. Ahora escribir sobre Ramón Xirau. ¿Qué decir? Es un poeta en catalán, su lengua original, es un ensayista en español, su otra lengua original, es un amigo. ¿Cabría agregar un gran poeta, un gran ensayista, un gran amigo? Sería absolutamente superfluo. Ramón Xirau es Ramón Xirau. Primero, para nosotros, la imagen de un escritor capaz de escribir de Gorostiza, Villaurrutia y Paz como nos hubiera gustado hacerlo, y después esa imagen entrando a la de una persona que acompañó desde entonces a la del escritor y que ha ido cambiando con el tiempo sin dejar de ser él mismo, de la misma manera que en Tres poetas de la soledad reconocemos al mismo Ramón Xirau y podemos advertir comparándolo con sus libros, sus muchos libros posteriores, no su evolución —hay siempre un centro irradicable en los verdades escritores— sino los cambios, los diferentes énfasis que van definiendo a su figura literaria, del mismo modo que los cambios provocados por los años lo van configurando físicamente sin que deje de ser Ramón Xirau.

En el principio se encuentra, pues, una pura y lejana admiración convertida en pura cercanía por la lectura; después, muchas adhesiones y similitudes que también son en algunas ocasiones diferencias y similitudes que determinan otra de las formas de la adhesión y la similitud. Todavía hace unos cuantos años me encontré ante la personal exigencia de escribir una larga nota crítica sobre su libro Poesía y conocimiento porque la adhesión tomaba la forma de la diferencia. El problema tal vez es muy simple. Nadie con un mínimo de sentido y conciencia crítica puede dudar del excepcional lugar de Ramón Xirau como ensayista dentro de la literatura mexicana o dentro de la literatura a secas para ser más precisos. Él ha tenido una inteligencia siempre vigilante unida a una sólida cultura. Él ha sabido escribir con soltura y amena profundidad de los temas más diversos. Él no ha dejado de practicar la literatura como una forma de aliento, de respiración propias. Él ha sabido ser generoso y se ha ocupado por esa generosidad y por interés propio de muchos temas y de muchos autores. Él ha sabido ser fiel a un grupo de creencias y ha encontrado la manera de expresarlas. Y por eso mismo, ¿cómo no hablar también de las diferencias? Forman una parte muy importante de mi admiración literaria y de nuestra amistad. Esas diferencias nunca se han dirigido hacia su manera de expresión. Están determinadas sobre todo por la envidia, no sólo por su capacidad y la segura continuidad de su vocación, sino por una envidia mucho más profunda, una envidia cuya categoría es, sin duda alguna, teológica y que se refiere al motivo final de la teología: Ramón Xirau, el poeta, el ensayista, el amigo, es un hombre de fe.

Siempre que lo leo me lo digo una y otra vez: ¿Cómo lo hace? ¡Qué dichoso se puede ser cuando el madero ardiente está presente hasta en el montón de cenizas en el que ya se ha convertido! Siempre que lo veo se lo digo: “¿Cómo lo haces? Me das una envidia atroz”.

Tal vez ése sea el secreto de nuestra estrecha relación: esa unidad hecha de diferencia, toute proportion gardée. En esta ocasión no me refiero a ninguna capacidad literaria junto a la cual ni deseo ni me atrevo a comparar la suya con la mía, sino a lo que también determina una forma de acercarse a la literatura y que es una actitud ante la vida. Muchas veces Ramón Xirau me ha concedido el don de hablar con él de una de mis aficiones predilectas: la teología. Para mí expresa la verdad de una forma: para él la forma mediante la cual se encuentra la Verdad. ¿No es una diferencia suficiente? Por supuesto que no. Es la diferencia en la que encuentran su cauce todas las formas que él ha hallado para expresar su verdad.

Entramos a un terreno agudo y peligroso. ¿Se puede admirar a un escritor cuyas ideas sobre la vida no se comparten? El problema vital se ha convertido en un problema literario. Sin poderlo evitar, una vez más, lo que quería ser un homenaje, lo que, sin duda alguna, es un homenaje a Ramón Xirau, se ha deslizado, sin perder su categoría de homenaje, hacia el terreno de la discusión. Pero me pregunto, ¿no es ésta la mejor forma de cualquier homenaje? Estar de acuerdo hasta en aquello con lo que no se está de acuerdo, seguir unido hasta con lo que aparentemente debería separar. Y tenemos que admitir entonces que al plantear esas circunstancias tocamos una de las muchas verdades que, sin pretender ni necesitar afirmarse como verdades, encierra la literatura. Precisamente porque es capaz de hacerme sentir nuestras diferencias siendo capaz, al mismo tiempo, de que no pueda dejar de sentirme seducido por la manera en que las expone y por la forma en que lo constituyen a él mismo y al hacerlo me constituyen como lector. Yo admiro a Ramón Xirau y quiero rendirle el más profundo y amistoso homenaje en este su sexagésimo aniversario.

Es mucho tiempo, en efecto, Ramón. No es ningún tiempo, porque ni la amistad ni la literatura se miden temporalmente. Son, si acaso, muchos recuerdos, muchas experiencias como amigo y como lector. Sería extremadamente difícil decidir qué estuvo antes, ahora que lo veo a través del prisma del tiempo. Porque, después de todo, ¿la lectura no es una forma de amistad también? ¿La amistad no es una forma de estar leyendo continuamente al amigo? Desde Tres poetas de la soledad hasta Poesía y conocimiento y todavía tus libros posteriores. La soledad se ha convertido en una segura forma de comunicación; el conocimiento lo proporcionan siempre tus libros. Estamos hablando de literatura: no se trata de compartir el conocimiento como un conocimiento racional sino de sentirlo y yo no he dejado de hacerme cómplice de todas las diferentes formas del conocimiento que nos has comunicado como escritor y como persona. Una contradicción. ¿No lo es también el hecho de que mediante la lectura tus tres poetas de la soledad convierten esa soledad en una forma de compañía? Desde todas las contradicciones, te desea un feliz aniversario este amigo cuya disidencia es una de las formas de la complicidad.◊