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OTROS DIÁLOGOS | ¿Por qué votar?

¿Por qué votar?

En este texto, Soledad Loaeza reflexiona sobre los hechos históricos que han consolidado el poder del voto y acerca de por qué optar por el silencio es dejar que los ganadores de la elección piensen que lograron callar a la ciudadanía.

 

–SOLEDAD LOAEZA–

 


 

La próxima jornada electoral nos tiene a muchos sumidos en un dilema shakesperiano: ¿votar o no votar? Si voto, voy a condonar todas las trapacerías de un personal político que ha utilizado los sufragios ciudadanos como si se tratara de una licencia para vaciar las arcas públicas. Si no voto, es bien sabido que alguien lo hará por mí, esto es, que el fraude se alimenta del abstencionismo; en todo caso, que el abstencionismo es la vía más segura para el autoritarismo de un gobierno que así puede darle la espalda a la ciudadanía. Si voto, doy fe de mi pertenencia a la comunidad nacional; si no voto, me desentiendo, contribuyo a la fragmentación y al desapego.

Hace muchos años, cuando el pri ejercía un quasi monopolio electoral, el politólogo inglés Harold Lasswell escribió que los mexicanos votábamos con la esperanza de que algún día nuestro voto contara. Ese día llegó en julio de 1988. Los resultados numéricos de esa elección fueron y son irrelevantes. El voto contó, tuvo un valor político que no sabremos nunca cómo ponderar en porcentajes. Lo que sí podemos hacer es reconocer que los votos por el Frente Democrático Nacional (fdn) y por Cuauhtémoc Cárdenas fueron muchos, tantos que obligaron al candidato Salinas a negociar con la oposición; desde entonces, la oposición —o las oposiciones— cogobierna, es tomada en cuenta. Ha alcanzado presidencias municipales, gubernaturas, mayorías legislativas, la Presidencia de la República. Influye en el proceso de toma de decisiones, en el diseño de las políticas de gobierno. Probablemente no nos gusta lo que han hecho juntos gobierno y oposiciones, pero si el abstencionismo fuera la respuesta mayoritaria del electorado, ni siquiera tendríamos la posibilidad de enterarnos qué pensaba hacer el presidente. Tampoco sabríamos, bien a bien, quiénes somos, dónde estamos y hacia dónde vamos. El voto nos da pistas para pensarnos a nosotros mismos en nuestra diversidad a partir de una experiencia colectiva. Es momento de aprovechar esta oportunidad porque, si no lo hacemos, cada vez esas oportunidades serán más raras.

Todo fenómeno político tiene, como el dios Jano, dos caras: la amable de la conciliación de intereses diversos y del acuerdo; y la terrible del conflicto y la confrontación. Así, el voto tiene dos posibles significados. Ambos han estado en curso en la política mexicana. En tiempos autoritarios, cuando el pri gobernaba soberano, el voto servía para legitimarlo. Desde 1988, sirve para deslegitimar al pri, pero ha servido, sobre todo, para representar la diversidad política de los mexicanos, una pluralidad que fue durante décadas negada, enmascarada por el nacionalismo que no se contentaba con armar una identidad cultural, sino que pretendía ofrecer una homogeneidad política clave de un supuesto consenso, o, lo que es lo mismo, de una pretendida unanimidad que era tan aburrida como empobrecedora.

Todo es cuestión de contextos. En las circunstancias actuales, un voto en contra es eso, un voto en contra, y no, como lo era en el pasado: primero, un voto a favor de la vía electoral, y, sólo después, el rechazo al partido en el gobierno, razón por la cual los priistas promovían la participación. En su campaña electoral, Luis Echeverría declaró: “Preferimos un voto en contra a una abstención”, pero ésos eran tiempos en los que la guerrilla era una alternativa, falsa, pero existente.

Hoy, en cambio, el contexto electoral es una realidad concreta que nadie pone en duda. Un voto en contra de tal o cual partido no caerá en el vacío de una oposición fantasmal, sino que será acreditado a otra fuerza política que será, mal que bien, una alternativa.

¿Votar o no votar? La primera respuesta que se me ocurre es que hay que cumplir con un deber cívico; empezamos por ahí. Pero el voto es también un derecho al que no veo por qué renunciar si me da la oportunidad de expresar mi preferencia política, mi descontento, mi inconformidad, o mi apoyo, la simpatía que me inspira un determinado partido. Votar es decir: “¡Aquí estoy! y me tienen que oír”. Si no voto, si opto por el silencio, les dejo creer que me callaron.◊