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OTROS DIÁLOGOS | #MeToo: Los varones y el acoso sexual

#MeToo: Los varones y el acoso sexual

De acuerdo con Juan Guillermo Figueroa Perea, los recientes movimientos contra el acoso sexual, como el #MeToo, tienen que alejarse de las posiciones maniqueas para seguir con la conversación. Sólo reconociendo la vulnerabilidad, de hombres y mujeres, por ambos géneros, será posible la resignificación de los estereotipos que dificultan construir un entorno sexual no violento.

 

–JUAN GUILLERMO FIGUEROA PEREA*

 


 

Una de las preguntas que he escuchado, frecuentemente, alrededor de denuncias sobre acoso, hostigamiento o agresión sexual trata de indagar sobre ese “por qué tomar tanto tiempo para decirlo”, si bien al leer el contexto de la misma me doy cuenta de que a veces se buscan razones para entenderlo y a ratos se usa para acompañar descalificaciones, quizá por la incertidumbre y ambivalencias que generan dichos silencios, es decir, como si el tiempo que ha pasado le restara validez a nombrarlo y como si fuera obvio poder decirlo inmediatamente.

Otro elemento que me llama la atención es que los términos, categorías y discursos que dan cuenta de este problema hablan mayoritariamente de un varón victimario y de una mujer víctima, quien llega a quedarse callada por razones ambivalentes. ¿Por qué no reflexionar en este momento sobre los silencios de los varones, tanto de quienes acosan como de quienes saben del acoso de otros, pero a la par de aquéllos de quienes son acosados, ya sea por otros hombres o por mujeres?

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La literatura sobre sexualidad de la población masculina ha documentado algunos de los aprendizajes de muchos varones (sin pretender generalizar) y refiere la competencia y la obligatoriedad como una de sus dimensiones centrales, así como el centrarse en la genitalidad como eje del erotismo masculino (Hernández, 1995; Monteagudo y Treviño, 2014). Se ha identificado también el carácter homófobo que impide acercamientos físicos sin violencia entre hombres, a la par que el uso de un lenguaje cargado de violencia al tratar de dar cuenta del cumplimiento de las expectativas en el ejercicio de la sexualidad: “esa mujer ya fue mía” es un ejemplo. Ello se deriva de la connotación que se le asocia al miembro que penetra, como sinónimo de dominio y de sometimiento, incluso en encuentros sexuales entre varones, pero a la par en “señales fálicas” a veces usadas por las mismas mujeres hacia hombres. Al indagar sobre prácticas de posible riesgo para el contagio de vih-sida, no significa lo mismo preguntar por “encuentros homosexuales” entre hombres que indagar si se ha tenido sexo con otro hombre. Lo primero suele interpretarse como un estigma, por lo que hay varones que, al reconocer que han tenido encuentros sexuales con otro hombre, aclaran que el “homosexual es el otro”, ya que fue el penetrado, mientras que quien se reconoce en un papel activo (léase de penetración) pareciera no tener que dudar o problematizar su papel como hombre, en tanto que domina.

La filosofía del lenguaje ha destacado que lo que no se nombra se asume como no existente, al tiempo que lo que asumimos que existe lo visibilizamos, lo nombramos y lo reconstruimos con los términos de los que disponemos y con los saberes que nos resultan obvios. Ortega y Gasset (1968) señala que tenemos ideas, resultado de argumentos, y que “estamos en las creencias”, a partir de aquello que no requiere ser explicado, por constituir nuestras certezas y lo que le da sentido a nuestra forma de vivir la cotidianidad. A partir de la campaña #MeToo, me pregunto si mujeres y varones compartimos creencias alrededor de nuestras existencias sexuales y si podemos replantearlas, por ejemplo, dialogando desde “la otredad”.

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El estudio de la violación sexual muestra que en algunos códigos penales ésta no era reconocida si la cópula era de la propia pareja, incluso aunque no fuera consentida, ya que se consideraba parte de las prerrogativas de ser cónyuge. Además, se consideraba violación a la penetración forzada en una vagina, dejando de lado otras formas de intercambios sexuales no consentidos. Con el tiempo, las demandas feministas lograron que la definición incluyera la referencia a penetración en cualquier orificio corporal y, en general, a actos sexuales no deseados. A pesar de que ello puede aplicarse a un hombre, no es sencillo reconocer simbólicamente (aunque legalmente es viable) al varón como víctima, pues lo que se buscaba era visibilizar las diferentes formas de agresión contra las mujeres. ¿Será que culturalmente seguimos viendo a las mujeres como agente pasivo del intercambio sexual y a los varones como el sujeto activo?

Esto ha generado ambigüedades legales y existenciales al tratar de nombrar el abuso de una mujer hacia un hombre. “¿Por qué no se defendió?”, o bien, “¿por qué no decir que él quiso el encuentro sexual y así, más que emerger como víctima, puede mostrarse ejerciendo algunas expectativas sociales como hombre?”. Además, bajo el mito de que la homosexualidad se origina por un encuentro sexual no deseado, varones que han vivido la agresión sexual de otro hombre son forzados o se sienten obligados a callarlo, “para proteger su propia identidad sexual”.

El análisis de historias de violaciones sexuales (Bourke, 2009) muestra que resulta una novedad pensar al sujeto masculino como víctima, a menos de que sea por parte de otro hombre, pero a la par es difícil reconocer a la mujer como victimaria y más todavía con una persona de su propio sexo. Ello lleva a que los casos en que se demuestra que existió tal agresión son interpretados de manera distinta, dependiendo del sexo y la orientación sexual del sujeto perpetrador/a: se tiende a considerar como abusador y delincuente a un sujeto masculino que abusa de una mujer y se patologiza a una mujer que lo hace con un hombre, mientras que un hombre que abusa de otro es visto como un pervertido, a diferencia de una mujer que si abusa de otra mujer es porque “se masculinizó”. El actuar del hombre es interpretado como consecuencia del patriarcado, mientras que las conductas de la mujer son interpretadas como lascivas y que reproducen “los modos de los hombres”, pero que tienen un origen de tipo patológico. ¿Bastará esta distinción lingüística, analítica y política para dar cuenta de lo vivido en estos escenarios?

Una problemática reciente en el entorno de la Iglesia católica es la multiplicidad de denuncias de casos de pederastia, la mayor parte de las cuales parecieran ser entre hombres adultos abusando de varones adolescentes y niños, muchos de los cuales lo reconocieron tiempo después de vivir dicha experiencia. Vale la pena preguntarse si su silencio se originó por la falta de términos para dar cuenta de lo vivido (además de los vínculos emocionales con el agresor), por una introyección de que podían aguantar lo que les implicó dado que “son hombres”, o bien, porque “debían aguantar para no poner en entredicho su orientación sexual”. Pareciera que no guardaron silencio para obtener un beneficio explícito en la institución de la que formaban parte, aunque quizá sí por una ambivalencia o confusión en cuanto a lo que les correspondía para ser reconocidos como hombres. ¿Será ganancia de género guardar ese silencio?

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Las prácticas sexuales a las que se enfrentan muchos varones, como parte de sus procesos de socialización, traen asociadas una lógica de permisividad hacia la exploración de otros cuerpos, femeninos y masculinos, en muchas situaciones como muestra de dominio y de ejercicio de poder, más que de erotismo (Segato, 2016). A ello se añade una sensación de obligatoriedad de la puesta en práctica de su capacidad sexual ante los ojos de los pares, en la búsqueda de legitimar una pertenencia grupal. No pretendo generalizar ni estereotipar, pero la publicidad en diferentes ámbitos incorpora los cuerpos de mujeres como recurso de atracción y paralelamente de cosificación, con el fin de estimular el consumo de diferentes mercancías e incorporando en el inconsciente colectivo el cuerpo de las mujeres como producto deseable. ¿Será esto suficiente para explicar la permisividad hacia el contacto con el mismo, pero a la vez para no nombrar el contacto no buscado intencionalmente entre los propios cuerpos de los varones?, ¿cómo decodificar el silencio y la soledad alrededor de su sexualidad (Szasz, 1998; Figueroa, 2013) a los que alude Gómez Etayo (2014) como aparentes destinos masculinos?, ¿sería una interpretación en el nivel de instintos a la que se añaden los permisos sociales sobre los cuerpos de las mujeres, así como el silencio sobre los hombres como potenciales víctimas?

Me resulta conmovedor escuchar a múltiples mujeres denunciando casos de abuso y de agresión sexual, en especial por parte de personas cercanas a su cotidianidad familiar, laboral o escolar. En algunos casos esto alude a experiencias repetidas por mucho tiempo y al parecer desde una sensación de “no poder hacer nada”, por asumir que así es la convivencia entre las personas de ambos sexos y en parte, quizá, por los estigmas sobre la sexualidad de cada quien. A la par, influye haber introyectado que los derechos no son iguales para todos, dependiendo del sexo y del lugar que se ocupa en las diferentes jerarquías sociales, pero también por los silencios que acompañan nuestro acercamiento individual y colectivo a nuestros respectivos cuerpos, así como sensaciones de culpa ante lo que ocurre en los mismos. Esto es procesado de manera distinta desde los aprendizajes de género y desde las respectivas identidades sexuales.

Algunos cuerpos parecieran devaluarse socialmente al ser explorados, mientras que otros parecieran adquirir relevancia por considerarse experimentados. Sin embargo, se asume que es más humillante para una mujer ser violentada sexualmente que para un hombre (Bourke, 2009) y, por ende, a este último no se le considera tan necesitado de acompañamiento (sin saber cómo procesa las agresiones vividas), mientras que a la sexualidad de la primera se le asocia hasta la moral familiar. Por ello, en algunos ámbitos se esconden las agresiones individuales para cuidar la reputación familiar e individual, o bien se le descalifica luego de haberse invadido dicho cuerpo. ¿Será tan claro el camino para transformar este entorno de doble moral?

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Las primeras reacciones ante las denuncias recientes y que se han hecho públicas de acoso sexual incluyen el asombro crítico y la indignación, pero a la par la constatación de una experiencia conocida pero no siempre nombrada. Emerge una búsqueda de culpables (incluida a veces la provocación de quien denuncia) o hasta de indiferencia, minimizando a quien lo describe. En algunos casos es claro que la legitimidad depende de quien lo nombra, como para tomar en cuenta el testimonio y para darle valor o credibilidad al mismo. A partir de ello, hay quienes proponen campañas para contrarrestar el problema que se está visibilizando, e incluso para asegurar que lo nombren personas que lo han vivido. ¿Por qué no reflexionar sobre los supuestos detrás de las mismas?

La propuesta de la campaña denominada “#MeToo” es que diferentes personas hagan públicas las experiencias de agresiones sexuales vividas e incluso ésta estuvo antecedida por una denominada “mi primera experiencia de acoso”. En México, se promueve en el transporte público una campaña en donde se muestra a hombres con mirada lasciva y se les alerta que lo que están haciendo es un delito y, por ende, que podrían ser denunciados. En Francia, se propuso una campaña con la frase “denuncia a tu cerdo”, haciendo referencia a visibilizar a quien generó el acoso, abuso o agresión sexual. En diferentes países, se convocó a una marcha denominada “de las putas”, con el fin de hacer evidente que una mujer puede vestirse de cualquier forma, sin que eso sea justificación para ser molestada. Algunas mujeres musulmanas generaron una consigna denominada “#MosqueMeToo”, con el fin de hacer referencia a agresiones sexuales vividas al ir a sus lugares sagrados e independientemente de su forma de vestirse. No son todas las acciones que se han generado, pero éstas muestran un contraste entre el énfasis en la persona que es agredida y aquél en quien llega a agredir y, por ende, quien se asume que debe ser señalado.

Ahora bien, en este escenario emergen dolores, rabias y percepción de malestares profundos, pero a la vez se corre el riesgo de generar una interpretación demasiado global del problema, dificultando identificar algunos matices que permitan abordarlo sistemáticamente. María Jesús Izquierdo señaló desde hace tiempo que el obstáculo para los derechos integrales de las mujeres no son los hombres sino el patriarcado y todas las personas e instituciones que lo reproducen. Por lo mismo, vale la pena reflexionar si en la lectura del acoso sexual pueden encontrarse matices en las experiencias de ser hombre, con el fin de enriquecer la empatía y corresponsabilidad que permita contrastarlo, pero con la participación tanto de mujeres como de hombres. Es decir, no todos los hombres violan ni acosan, pero se considera que los que lo hacen son suficientes para ver el acoso como un problema. ¿Pero y los otros, qué los lleva a no hacerlo, a pesar de haber recibido una socialización de género análoga?, ¿no sería relevante entenderlo para decodificarlo?, ¿por qué no nombran ellos lo que otros hacen, o bien, cómo podríamos leer sus respectivos silencios?, ¿necesariamente son muestra de complicidad o bien hay miedos a distanciarse de lo establecido?, ¿será que se deben a una falta de referencias lingüísticas derivada de las diferencias corporales y sexuales vividas o incluso a que culturalmente no se nombra tan claramente la violencia sexual contra los hombres? Sin querer eximirlos de responsabilidades, ¿cómo podríamos interpretar que tampoco reconocen que no lo hacen, que no es tan evidente su solidaridad con mujeres que lo han vivido, o bien, que lo han vivido como víctimas silenciosas?, ¿cómo interpretamos sus silencios?

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En un entorno de diálogos o pequeños monólogos sobre la forma de interpretar el acoso sexual, me llama la atención la experiencia de una periodista colombiana (Claudia Morales), quien reconoció públicamente que había sido violada por su jefe, destacando que es una persona conocida, pero a su vez optando por no decir su nombre. Ella demanda el derecho a que respeten su silencio, si bien aclara que no les está sugiriendo callar a quienes pueden y quieren nombrar la experiencia. ¿Será que quien calla otorga, como dice el dicho, o bien, que solamente concede quien calla siempre y cuando pudo haber hablado?, ¿cómo saber cuándo se tuvo esa opción de hablar? Algunas personas (Millet, 2018) aluden al derecho a guardar silencio para poder vivir el duelo de manera más integra. ¿Será que tenemos derecho al silencio como estrategia y como recurso de fortaleza… o será que ese protegerse como personas agredidas (mujeres y varones) de alguna manera protege a su vez a quien cometió la agresión?

Una poeta coreana (Choi Young-mi) recurrió también a verbalizar su experiencia de acoso, sugiriendo de manera indirecta pistas que parecieran poder identificar a su agresor. ¿Será una forma de hacerse notar, como se les ha cuestionado, o bien, que han dejado claro que es más importante enunciar el hecho, que denunciar a una persona, en especial ante la incertidumbre del camino por seguir (en un entorno que lo ha normalizado) y del apoyo necesario para lidiar con la experiencia tenida?, ¿cómo replantear el entorno social que ha legitimado impunidad en el acoso y el hostigamiento hacia ellas y, al parecer, generado a la vez que ellos nieguen su posible carácter de víctimas? Lo que se nombra luego de haberse silenciado ancestralmente puede reconocerse como existente, según se diría desde la filosofía del lenguaje. Por ende, más que centrarse en procesos de petición de cuentas para un agresor, ¿será este silencio selectivo una estrategia solidaria con un colectivo de personas que ha vivido dichos abusos, en la búsqueda de tratar de visibilizarlo como problema colectivo?, ¿tiene sentido pensarlo de esta manera?

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En el diálogo con lo que se ha estudiado sobre varones desde una perspectiva relacional de género, vale la pena explorar la otredad y la posibilidad de imaginar la experiencia de otras personas, preguntándose, por ejemplo, si es factible no darse cuenta de lo vivido por alguien más, hacerlo a pesar de imaginarse el dolor vivido… o, incluso, minimizando el sentir de otras personas.

En Argentina se organizó una marcha de hombres, quienes se pusieron faldas y proponían “hoy todos somos mujeres y estamos en peligro”. En una red de trabajo sobre hombres en México (Cómplices por la Equidad), invitamos a varones a imaginarse lo que siente una mujer que es golpeada, violada o amenazada. En recreaciones teatrales, les he pedido a varones y a mujeres que lean en voz alta y actúen relatos de agresiones sexuales con el fin de trabajar ciertos procesos de empatía, cercanía y responsabilidad de acompañamientos colectivos. De alguna manera se pretende estimular una experiencia de conmoverse, si bien no siempre es sencillo el ejercicio de introspección con la otredad y esto también imaginando la violencia sexual vivida por hombres.

Hace una década, se organizó en México una campaña donde mujeres periodistas y actrices aparecían con el ojo morado manifestando “quien golpea a una nos golpea a todas”, lo cual resultaba muy creíble. A los pocos meses se elaboró una campaña con actores y periodistas varones manifestando “no es de hombres golpear a las mujeres”, pero ésta no tuvo tan buena respuesta, pues se consideraba que era creíble el dicho por ciertos personajes que lo compartían, pero se demandó que mejor hablaran quienes violentan, violan y matan. Tuve la oportunidad de recopilar relatos de varones que han violado a mujeres e incluso a niños; en algunos casos ellos manifestaban que habían sido violados cuando fueron menores de edad y que crecieron con rabia y coraje, buscando con quien desquitarse.

Algunas personas comentaron que las víctimas de sus agresiones “no tenían alguna responsabilidad por lo que ellos habían vivido”, y coincido, pero yo les preguntaba: ¿cuál es la reacción social ante las agresiones sexuales que llegan a vivir dichos hombres? Muchas veces se minimizan y, por ende, se vuelve más complejo prevenir la violación de manera integral, ya que pareciera centrarse la atención en castigar a quien la comete más que en entender la lógica de su acción. ¿Cómo trabajarlo de manera menos reduccionista?

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Me pregunto si lo que necesitamos es trabajo para descentrarnos sexualmente, pero tanto hombres como mujeres. No es tema menor el conjunto de estigmas que hemos construido alrededor de la sexualidad, así como el desconocimiento de “nuestros cuerpos” (en términos colectivos y no solamente individuales), recordando a Merleau Ponty al señalar que “no tenemos, sino que somos cuerpos” y, además, sexuados. ¿Cómo construimos un entorno sexual no violento?, ¿cómo acordamos fronteras entre el cortejo, el acoso y el abuso sexual?, ¿realmente es tan obvio el límite sin resignificar nuestros aprendizajes de género?, ¿nos interesa hacerlo?

Es posible que la campaña #MeToo contribuya a intentar esta resignificación de manera no maniquea, en la medida en que reflexionemos sobre los respectivos aprendizajes de la sexualidad y sobre los derechos alrededor de la misma. De otra forma, puede correrse el riesgo de no darle credibilidad a quienes denuncian, pero, a la par, de culpar unilateralmente a quien sea que es demandado, por algunos estereotipos sobre la sexualidad de su grupo de pertenencia.◊

 


Referencias

Bourke, Joanna (2009), Los violadores. Historia del estupro de 1860 a nuestros días, Barcelona, Crítica.

Figueroa, Juan Guillermo (2013), “Silencio, soledad y violencia en el ejercicio sexual de algunos varones”, en Rodolfo Casillas (coord.), Aspectos sociales y culturales de la trata de personas en México, México, Inacipe, pp. 449-467.

Gómez Etayo, Elizabeth (2014), Ni ángeles, ni demonios, hombres comunes. Narrativas sobre masculinidades y violencia de género, Cali, Universidad Autónoma de Occidente.

Hernández, Juan Carlos (1995), “Sexualidad masculina y reproducción. ¿Qué va a decir papá?”, en Coloquio Latinoamericano “Varones, sexualidad y reproducción”, Zacatecas, México.

Millet, Catherine (2018), “La mujer no es sólo cuerpo”, El País, Madrid, 14 de febrero.

Monteagudo, Gilda, y Sandra Treviño (2014) “Sexualidad, masculinidad y envejecimiento. Una mirada desde la experiencia particular en un grupo de varones de ciudad de La Habana, Cuba”, en Juan Guillermo Figueroa Perea y Alejandra Salguero (coords.), ¿Y si hablas de…sde tu ser hombre? Violencia, paternidad, homoerotismo y envejecimiento en la experiencia de algunos varones, México, El Colegio de México, pp. 461-493.

Ortega y Gasset, José (1968), Ideas y creencias, Madrid, Espasa-Calpe.

Segato, Rita (2016), La guerra contra las mujeres, Madrid, Traficante de sueños.

Szasz, Ivonne (1998), “Los hombres y la sexualidad: Aportes de la perspectiva feminista y primeros acercamientos a su estudio en México”, en Susana Lerner (ed.), Varones, sexualidad y reproducción, México, El Colegio de México/Sociedad Mexicana de Demografía, pp. 137-162.

 


1 Le agradezco a Adriana Ramírez su compañía para reflexionar y dialogar sobre el tema de este texto.

 


* JUAN GUILLERMO FIGUEROA PEREA
Es profesor e investigador del Centro de Estudios Demográficos, Urbanos y Ambientales de El Colegio de México.