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OTROS DIÁLOGOS | Meade: cambio estructural con estabilidad

Meade: cambio estructural con estabilidad

Dejar a medio camino el curso de las reformas estructurales en México es como “querer cambiar de caballo a la mitad del cruce de un río”, escribe Francisco Gil Villegas. En este texto, el autor argumenta por qué “el proyecto progresista, liberal y moderno con posibilidades de éxito es únicamente el de José Antonio Meade”.

 

–FRANCISCO GIL VILLEGAS M.*

 


 

Las 13 reformas estructurales aprobadas mediante el Pacto por México de 2013 representan un cambio de fondo y estructural para este país, el cual no se limita a un efímero proyecto reducido a un sexenio, sino que requiere un plazo más largo, puesto que se trata de un ambicioso proyecto transexenal para superar las limitaciones de los efímeros e inconclusos proyectos y planes de desarrollo, que hasta ahora han sido incapaces de romper con la miope perspectiva del sistema métrico sexenal.

Ahora bien, una reforma es por sí misma un cambio y una reforma estructural es por definición un cambio de fondo, lo cual en la historia de México ha tenido resistencias tan graves como las que llevaron al país a la guerra civil conocida como Guerra de Reforma entre diciembre de 1857 y enero de 1861. El gobierno liberal de Juárez defendió un ambicioso proyecto de reformas estructurales fundamentales para el país, a las que los conservadores, o más bien reaccionarios, se opusieron porque querían regresar al pasado de un orden periclitado, no muy diferente al del antiguo régimen de la Nueva España. Al final venció el proyecto del liberalismo de las reformas estructurales en 1867, no sin antes pasar por una intervención francesa promovida por la oposición reaccionaria a esas reformas. Hay, pues, aquí una clara analogía histórica con el proyecto liberal —o, si se prefiere, “neoliberal”, puesto que ya estamos en el siglo xxi— de las reformas estructurales aprobadas en el Pacto por México en 2013, pero con una diferencia fundamental: la concordia republicana.

En efecto, a diferencia de 1857, las resistencias y oposiciones reaccionarias a las reformas estructurales de 2013 —incluidos todo tipo de ataques mediáticos, movilizaciones para defender intereses creados del corporativismo pernicioso, así como diversos intentos de sabotajes y descarrilamientos— no pudieron llevar al país a una guerra civil. Y esto se debió, en buena medida, a la fortaleza y flexibilidad institucionales de un sistema político mucho más desarrollado que el de mediados del siglo xix. Tras casi cuatro décadas de graduales reformas políticas y electorales, para 2013 ya se contaba con espacios para el debate y la crítica a las nuevas reformas, con amplia posibilidad de calibrar los aciertos y errores gubernamentales, con irrestricta libertad de expresión, con espacios abiertos a diversas modalidades de participación y movilizaciones políticas, así como con muy diversas y plurales elecciones locales y legislativas que acabaron por proporcionar, no sólo votos de castigo a gobiernos corruptos de todos los partidos políticos, sino también canales de expresión institucional para medir el acuerdo o desacuerdo con el proyecto de las reformas estructurales, pero sin llegar, como en 1857, a una guerra civil. Pese a todo, la concordia republicana logró mantenerse y defenderse en la segunda década del siglo xxi, a diferencia de la discordia que llevó al país a las guerras de la década de 1857 a 1867 o, incluso, a la de 1910 a 1917.

Además de la flexibilidad y fortaleza institucionales que en 2013 permitieron canalizar la participación de diversas fuerzas políticas dentro del orden de la concordia republicana, la cual, como decía Ortega y Gasset parafraseando a Cicerón, consiste en el acuerdo esencial sobre los fines últimos de la República, aunque con derecho a disentir en lo demás, las reformas estructurales tuvieron un poderoso impulso inicial porque se empezaron a llevar a cabo con una política económica abierta al exterior, que promovió un crecimiento económico moderado expresado en un incremento de más de 2% anual del pib, el muy exitoso control de la inflación, la generación de empleos e importantes políticas de asistencia social. En suma, transformación estructural apoyada en una clara estabilidad con crecimiento económico, lo cual propició, a su vez, que este crecimiento con estabilidad se viera precisamente fortalecido por los beneficios aportados por las reformas estructurales a partir de 2015, cuando se registró, al inicio de ese año, una inflación de 3.08%, la más baja en los últimos 28 años. Este crecimiento económico ha sido menospreciado por opositores a las reformas, calificándolo de “mediocre”, pero —comparándolo con otros países latinoamericanos del mismo nivel de desarrollo que México, como Brasil o Argentina— es sumamente positivo y encomiable, sobre todo porque México no ha caído en recesión como ocurrió en Brasil en 2015 y 2016, cuando la economía brasileña se contrajo en 3.5% para cada uno de esos años, sumando en sus periodos de recesión previos un total de 10% de contracción o decrecimiento de su economía. En México, desde 2013, el crecimiento del pib no ha bajado de 2%, una tasa que tampoco han alcanzado varios países del sur de Europa. Y si se compara con las cifras de cuatro dígitos de inflación y 15% de contracción anual del pib en Venezuela, lo logrado en México es todo un éxito, aunque se sostenga al mismo tiempo que ese país no es comparable con el nuestro, pero se quiera presentar a veces como un “modelo” populista nacionalista socialista a seguir, por parte de algunos voceros de un importante movimiento político mesiánico mexicano.

La candidatura de José Antonio Meade representa hoy el mejor proyecto de gobierno para profundizar, complementar y ampliar un probado cambio estructural con orden y estabilidad económica, mediante políticas públicas que no sólo den continuidad a reformas tan importantes como la educativa y la energética, sino que también profundicen esa transformación con una segunda ronda de reformas estructurales. Debe seguirse adelante en este proyecto transexenal y no intentar detenerlo o, peor aún, revertirlo de manera reaccionaria, a una etapa periclitada de desarrollo económico, social y cultural. Esto ha sido reconocido, incluso, en marzo de 2018, por un candidato como Ricardo Anaya quien, ante la convención de banqueros, reconoció que sería “un error garrafal dar marcha atrás en las reformas estructurales”. Sólo que en su caso no quedó clara la manera específica en que podría continuar ese proyecto, porque en otros foros las ha criticado o propuesto iniciativas tan inviables como la del “ingreso básico universal”, lo cual ha llevado a muchos expertos en macroeconomía, incluido Meade, a sospechar que hay una gran ignorancia de Anaya en esa materia, y que su iniciativa sólo tiene sentido en términos electoreros y demagógicos. El único candidato creíble para ofrecer estabilidad macroeconómica con ritmos de mayor crecimiento económico, basados en la continuidad y profundización de las reformas estructurales, es José Antonio Meade, y eso no sólo para los economistas bien informados. En parte, porque él fue, junto con Agustín Carstens, uno de los principales artífices de esas reformas con estabilidad, y en parte también porque él es el único candidato que cuenta con una gran experiencia para llevar a buen puerto ese tipo de políticas.

Quedan muchos otros problemas por resolver, aparte de llevar a cabo una buena política económica en tiempos donde el ambiente externo se ha visto poco propicio al éxito de proyectos de cambio estructural de gran aliento. Las tendencias globalifóbicas y de proteccionismo aislacionista —como la que representó la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos—, la caída de los precios internacionales del petróleo y la reducción de las reservas energéticas de México no han sido precisamente favorables al gran cambio estructural y transformador que se inició en México en 2013, pero, a pesar de ello, se logró mantener el rumbo del proyecto transformador con éxito y estabilidad económica. Problemas heredados, como el de la inseguridad y la corrupción, sólo pueden resolverse con un mayor compromiso con la ley, el orden y la seguridad, profundizando y mejorando las reformas estructurales para la mejor transparencia y rendición de cuentas o con las reformas hacendarias y fiscales, a fin de poder identificar con mayor claridad dónde se cometen algunos de los principales actos de corrupción. Y en cuanto a la seguridad, su resolución sólo puede empezar a partir de un mayor compromiso con la ley y el Estado de derecho, donde sea inconcebible plantear la ocurrencia del perdón, amnistía o impunidad a narcotraficantes y otros delincuentes.

De los tres principales candidatos presidenciales, el único que claramente ha estado libre de operativos de lavado de dinero, de desafueros por incumplir la ley, de evidentes desvíos de recursos —como el que perpetraron Bejarano y Ahumada en 2006—, que tiene en orden y transparencia su declaración de 3 de 3, del que se sabe de qué ha vivido las dos últimas dos décadas y que, en suma, es capaz de respaldar su honestidad y honorabilidad sin escudarse en la victimización porque le están investigando sus cuentas, o le han asediado con supuestas conspiraciones y complots, es José Antonio Meade. Es también el único que por su honestidad y honorabilidad aceptará los resultados electorales sin cuestionar el proceso o las instituciones o sin llamar a la violencia, aunque sea con tigres de papel. Y eso, gane o pierda. Es el único con credibilidad en civilidad democrática.

También es el único con auténtica credibilidad cuando se compromete en generar bases firmes para mejorar la economía familiar y promover el desarrollo del talento de la juventud mexicana. Y como candidato ciudadano del pri, también puede respaldar su compromiso con una mayor y mejor participación ciudadana, al mismo tiempo que fortalece, mejora y no destruye las instituciones que nos han dado una estabilidad institucional y un orden jurídico mejorable durante más de cien años. También cuando propone seguir con una reforma educativa laica, gratuita y obligatoria, pero con instrumentos modernos para que sea de calidad y acorde con el nivel de mayor competitividad que reclama el entorno internacional.

Por último, no es posible cambiar de curso a la mitad de una gran transformación estructural, como la que se emprendió a partir de las reformas estructurales. Hacerlo, sería, como ya se ha dicho también en otros lados, nacionales e internacionales, “un error garrafal”. Equivale a querer cambiar de caballo a la mitad del cruce de un río, especialmente cuando el entorno internacional no es propicio para ello y hay ejemplos catastróficos de lo que ha ocurrido en otros países que siguen modelos de desarrollo fallidos y fracasados, como el de Venezuela. En vez de ello, hay que mirar para adelante, acelerar el paso y no mirar con añoranza para atrás lo que ya periclitó o simplemente no ha funcionado. Es cierto que muchos lo verán, como “un peligroso galope en la noche sobre el filo de una montaña, entre el abismo y la tempestad”. Pero precisamente por ello debe mantenerse el rumbo hacia adelante, sin mirar de manera auténticamente reaccionaria hacia atrás. Esto es lo que representa la auténtica visión progresista y no retrógrada o reaccionaria. Prometer hoy dar marcha atrás en las reformas energética o educativa es no sólo reaccionario sino el camino más seguro hacia la catástrofe. Manifestarse contra la reforma energética para regresar al monopolio estatal es el equivalente exacto de los reaccionarios que se levantaron contra Juárez por la reforma estructural de la Ley Lerdo que desamortizó los bienes eclesiásticos. El verdadero liberal es quien propone en el ámbito económico la eliminación de monopolios, eclesiásticos o petroleros, precisamente porque van en contra de la liberalización económica progresista. Y es reaccionario por añorar un pasado periclitado que ya no regresará, sea éste el eclesiástico de la Colonia española con todos sus fueros y privilegios, o el de la irresponsabilidad económica y petrolera de Echeverría y López Portillo. Por ello hoy, viendo de frente al siglo xxi, el proyecto progresista, liberal y moderno con posibilidades de éxito es únicamente el de José Antonio Meade.◊

 


* FRANCISCO GIL VILLEGAS
 Es profesor e investigador del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México.