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OTROS DIÁLOGOS | Los poetas

Los poetas

“En cuanto se nace se empieza a morir…”, cita Ramón Xirau en este ensayo, publicado en 1953, a Pere March. Esa divisa podría abrir una poética de Xirau: contra la muerte, el sentido de la presencia.

 

– RAMÓN XIRAU –

 


 

Publicado originalmente en Sentido de la presencia. Ensayos, Ramón Xirau, México, Fondo de Cultura Económica (Tezontle), 1953, pp. 18-24.

 

Ya he señalado que el hecho concreto ha de estar en la base de toda idea filosófica. A los hechos concretos hay que pedirles ahora que nos revelen su propia problematicidad. Pero como los hechos concretos se nos ofrecen en número infinito, hay que escoger entre la multiplicidad de sus manifestaciones. Nuestra elección se limita a los hechos concretos que viven en la poesía y en el arte. Pues en ellos enraiza la expresión más variada, más inmediata y más profunda de lo que significa el hombre.

Es evidente que en toda época de crisis, de enjuiciamiento, el hombre se encuentra frente a realidades desusadas, tiene que estar en ellas, tiene que vivirlas, gozarlas o rechazarlas. Y es también característico de estas épocas que los artistas, muy principalmente los poetas, sientan el peligro que significa el mundo, la amenaza constante que persigue su conciencia. No es pues de extrañar que a ellos dirijamos nuestra atención para aclarar algunos de los puntos del problema.

En estas épocas de crisis, los poetas, los artistas, muestran descarnadamente este mismo deseo de futurización que caracterizaba los modos del existir tanto como los del querer ser. Y esta futurización se halla, en primer lugar, en el sentimiento de la muerte, en la preocupación por la muerte que se sitúa en el centro mismo de la persona.

En la crisis del Renacimiento —por más de un aspecto semejante a la nuestra— el poeta catalán Pere March (1338?-1413) repite, siguiendo pautas clásicas, aunque con gran vigor e intensidad en sus palabras:

 

Al punt que hom naix comença de morir,

e, morint, creix, e creixent, mor tot dia,

que un pauc moment no cessa de fer via,

ne per menjar, ne jàser, ne dormir…1

 

Los temas de la temporalidad, de la muerte, se destacan con perfecta claridad. “En cuanto se nace se empieza a morir”. Y así (segundo verso) “muriendo, se crece, y, creciendo, se muere de continuo”. La idea de la muerte se filtra en el hombre desde que empieza a nacer. Este constante morir, que se hallará, más adelante, en algunas de las paradojas fundamentales de la mística española, tiene un motivo. No es una pura casualidad ni una forma del azar. El hombre es temporal (tercer verso): “ni un momento deja de hacer vía”. El puro sentimiento existencial de esta vida, la idea de un ir hacia la muerte, aparece aquí con la misma asombrosa claridad que en los versos de Hernán Sánchez Calavera:

 

Ca non es vida la que bevimos

pues que biviendo se viene llegando

la muerte cruel, esquiva, e quando

penssamos bevir, estonçe morimos…

 

Con la consiguiente temporalización que implica no sólo el sentido del poema, sino el rotundo empleo de los gerundios —vehículos de lo fugaz— en el segundo verso: “Biviendo se viene llegando”.

En otra época bien distinta, pero también de señalada crisis —el momento en que se empieza a percibir la caída de las Españas y la desintegración de la España peninsular—, Quevedo lanza la misma idea futurizante de la vida, la misma idea desesperada y, siguiendo a Séneca y comentándolo, dice:

 

“Morirás”. Fuera verdad entera si dijeras: Has muerto y mueres. Lo que pasó lo tiene la muerte, lo que pasa lo va llevando. “Morirás”. Desde que nací lo sé; por eso lo espero…

 

Y en los versos siguientes repite el tema con una precisión que acaso no han alcanzado los filósofos posteriores:

 

Ayer se fué, Mañana no ha llegado,

Hoy se está yendo sin parar un punto,

soy un fué y un será y un es cansado.

 

Nótese aquí la abstracción del tercer verso. Podría haber dicho Quevedo: “soy un fuí, un seré y soy cansado”. Pero Quevedo busca una forma más impersonal: “fué”, “será”, “es”. Precisamente en Quevedo es donde se manifiesta con mayor claridad esta lucha, esta continua dialéctica entre el querer ser y el existir. Tiene que despersonalizar el ser del hombre, convertirlo en un no-hombre para poder mostrar con toda fuerza el equívoco que representaría el ser humano. “Soy un fué” indica a primera vista, intuitivamente, una imposibilidad: so soy aquello que quiero ser ni tan sólo en mi tránsito, porque el ser, la generalidad del ser, no es cosa humana. No le pertenece al hombre.

Culmina el soneto de Quevedo:

 

En el Hoy y Mañana y Ayer junto

pañales y mortaja, y he quedado

presentes sucesiones de difunto.

 

En cuya culminación alcanzamos el punto clave del poema y del espíritu quevedesco: las “presentes sucesiones del difunto”. Parece destruirse el presente. El tiempo se reduce a sucesión y la sucesión a sucesión de instantes y los instantes a grano de nada. El presente ya no cuenta. Por dos motivos: en tanto no es, puesto que es transcurso; y en tanto no es, porque es disolución. El presente se desvanece ante el futuro. Así lo hace ver el propio Quevedo al decir:

 

Vivir es caminar breve jornada,

y muerte viva es, Lico, nuestra vida,

ayer al frágil cuerpo amanecida,

cada instante en el cuerpo sepultada.

 

Gracián expresa la misma idea, con menos vigor acaso, pero con su siempre paradójica precisión:

 

Ésta es la infelicidad de nuestra inconstancia. No hay dicha porque no hay estrella fija de la luna acá, sino mutabilidad en todo. O se crece o se declina, desvariando siempre de tanto variar.

 

He ahí, pues, algunos ejemplos característicos, de cuya importancia no cabe dudar. Podrían multiplicarse los ejemplos indefinidamente, pues el tema de la muerte que dramatiza lo más hondo de nuestra vida en épocas de crisis es tema eterno del hombre. Platón, en la crisis del estado ateniense, se preguntaba: “¿No es la filosofía un estudio de la muerte?”. Claro que este sentimiento de la futurización, que para nuestra cultura nace con Heráclito, se repite siempre bajo diversas formas expresivas según sean distintas las manifestaciones de la civilización. La muerte no significa lo mismo para un griego que para un cristiano; ni para un español del siglo xvii que para un español del siglo xx. Ejemplo claro de ello es el paralelo Quevedo-Unamuno. En Quevedo, más allá de la negación de esta vida, más allá del dominio de la desesperación, existe el reino de la esperanza y de la fe. La fe, en Unamuno, se reduce a lucha, a perpetua agonía, en un “esto o aquello” que no puede resolverse en ningún sentido. El sentimiento de la muerte en García Lorca queda ya ausente de toda esperanza y se reduce a la absoluta negación de la persona.

Pero, la muerte, esta muerte que arrastra consigo la presencia, que parece deshacerla, reducirla a arena, a grano, a instante de desesperanza, es un sentimiento universal. La ausencia que es nuestra vida, si se la contempla del lado de la muerte, es el sentimiento fundamental que se cierne, aunque diversamente, sobre todo hombre desde que el hombre ha logrado hacer consciente su propia conciencia.◊

 


1 “En cuanto se nace se empieza a morir — y muriendo, se crece, y, creciendo, se muere de continuo, — que ni un momento se deja de hacer vía — ni para comer, ni yacer ni dormir…”.