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OTROS DIÁLOGOS | La izquierda y el derecho a la melancolía (sobre Traverso y Domínguez Michael)

La izquierda y el derecho a la melancolía (sobre Traverso y Domínguez Michael)

Con un breve texto de Enzo Traverso como punto de partida (“Melancolía de izquierda”), en el número anterior de Otros Diálogos apareció la primera parte de una extensa reseña crítica de Christopher Domínguez Michael sobre varias publicaciones del connotado historiador italiano (“Traverso o la nueva anatomía de la melancolía”). La segunda parte de esa reseña aparece en este número. Las siguientes líneas de Roberto Breña son un sucinto comentario a ambos textos.

 

–ROBERTO BREÑA*

 


 

El texto de Traverso y, más aún, el de Domínguez Michael tocan tal cantidad de temas, autores y libros que debo advertir que yo me centraré exclusivamente en el que se puede considerar el leitmotiv del intercambio: la melancolía de izquierda. Ahora bien, lo que para Traverso es un sentimiento que no es nuevo, que es en gran medida “natural” (vista la historia del siglo xx y, sobre todo, considerando lo acontecido en 1989) y que es fructífero intelectualmente, para Domínguez Michael parece ser una especie de pecado imperdonable. Esto se puede concluir con base en varios de los juicios que emite sobre la obra de Traverso —lo cual, cabe añadir, no obsta para que en más de una ocasión afirme que es un gran historiador. Lo que aparentemente no le perdona es su melancolía de izquierda y, en particular, las deformaciones de la historia del siglo xx, que Domínguez Michael percibe como parte integral de dicha melancolía.

En su breve texto, Traverso plantea que la melancolía de izquierda no es producto de la desintegración de la Unión Soviética y de la caída del Muro de Berlín, sino que viene de lejos. La lista de melancólicos de izquierda, nos dice, es bastante larga; Blanqui, Luxemburgo, Gramsci, Trotsky, Benjamin y Adorno se cuentan entre sus exponentes más célebres. Sin embargo, la diferencia de la melancolía de izquierda actual respecto de todas las anteriores es que 1989 ha provocado que aquélla sea, al mismo tiempo, omnipresente y censurada, pues ha sido ocultada por las víctimas de las guerras, los genocidios y los totalitarismos. De un tiempo a esta parte, nos dice Traverso, estas víctimas se han apoderado del escenario político-mediático. Más allá de que, en mi opinión, el historiador italiano exagera el papel de las víctimas en la historiografía actual (el espacio político-mediático no equivale a los claustros universitarios), él rechaza este tipo de melancolía porque la considera conformista, paralizante y “despolitizadora”.

Sin embargo, hay otro tipo de melancolía, una melancolía rebelde, que no se conforma y que puede suscitar la revuelta (del pensamiento en primer lugar). Según Traverso, esta melancolía pide ser reconocida, pero el apego que ella revela por la noción de revolución impide que este reconocimiento tenga lugar en el momento actual. Esto se explica porque el discurso normativo imperante, el de la democracia liberal y de la economía de mercado, no quiere saber nada de las revoluciones del siglo xx, pues las vincula indisolublemente con un pasado de utopías, fracasos y totalitarismo. Al establecer una relación indisociable entre melancolía y revolución, Traverso se niega a cerrar su texto en un tono verdaderamente melancólico. Las derrotas, concluye, alimentan la melancolía, por supuesto, pero también alimentan de alguna manera la revolución: “La experiencia revolucionaria se transmite de una generación a otra a través de las derrotas”. Se trata, pues, de derrotas que no son estériles. Hasta aquí con el texto de Traverso.

A Domínguez Michael no le gusta el carácter no claudicante de la melancolía traversiana y tampoco que persista en emplear el lenguaje de la revolución, por más vaciado que esté de la connotación que tuvo en el siglo xx. A lo largo de su texto, que surge de una lectura atenta de buena parte de la obra del historiador italiano, Domínguez Michael cataloga esta obra como una “empresa de salvación de la izquierda”, sugiere que el comunismo de Traverso se parece al de Hobsbawm en su conservadurismo, afirma que el historiador italiano normaliza el comunismo “sin mayores escrúpulos” y que estamos frente a un “historiador-ideólogo” cuyo principal cometido es “salvar a la izquierda marxista”. En la última parte del texto, Domínguez Michael va más allá y, con una molestia evidente, provocada en parte porque Traverso no esté de luto por lo que representó 1989, le recrimina que permanezca “narcisistamente unido al objeto amado y perdido”.

Sin haber leído toda la bibliografía de Traverso que Domínguez Michael ha leído y que cita al final de su texto, e invitando, por si hiciera falta, a los lectores a que formen su propio juicio leyendo con atención los dos textos publicados en Otros Diálogos que aquí comento, debo decir que la impresión que deja en mí Traverso es muy distinta. Ni el breve texto que dio origen a la reseña crítica de Domínguez Michael, ni libros como La historia como campo de batalla o Malinconia di sinistra, ni entrevistas como “El intelectual tiene que saber nadar contra la corriente” o “La izquierda es una historia de derrotas”, ni mucho menos artículos políticos como “Il sole dell’avvenire nel xxi secolo”, me provocan esa incomodidad que le provoca a Domínguez Michael la lectura de Traverso. No me parece que el historiador italiano pretenda salvar a la izquierda marxista, ni que sea un comunista conservador, ni que pretenda normalizar el comunismo sin escrúpulos (mayores o menores), ni que permanezca, como Narciso, unido al objeto amado y perdido. El texto de Domínguez Michael está lleno de observaciones penetrantes y refleja una notable erudición, pero también está trufado de animadversión a la izquierda y, sobre todo, al hecho de que Traverso, lejos de hacer un mea culpa de la magnitud que el reseñista espera (por razones que en parte se me escapan, pues se trata de un historiador dando su interpretación del siglo xx, no de un miembro de la Cheka), se resiste a pensar que 1989 signifique el final de posturas que tengan algo de utópicas, algo de rebeldes y algo de revolucionarias (si bien, insisto, de un “revolucionarismo” que no se parece nada al del siglo xx, como el mismo historiador italiano ha expresado de muy diversas maneras). A mi juicio, Traverso es mucho más crítico del comunismo de lo que la reseña de Domínguez Michael nos puede hacer pensar, aunque, efectivamente, algunas citas puedan hacer pensar otra cosa. En cualquier caso, el historiador italiano no se resigna a que el único camino que queda para Occidente sea el de democracias liberales en las que la economía de mercado determine en gran medida los derroteros políticos, sociales y culturales de nuestras sociedades. En este punto en particular, y aunque esté en desacuerdo con él en no pocos detalles, es difícil, al menos para mí, no empatizar con la desazón vital y con muchas de las inquietudes intelectuales de Traverso.

Como ya señalé, los lectores encontrarán en las páginas de Domínguez Michael muchos planteamientos sugerentes y juicios elogiosos de varios libros del historiador italiano, pero, sobre esos planteamientos y esos juicios, planea un rechazo instintivo del reseñista a lo que yo resumiría como una supuesta responsabilidad o ausencia de mala conciencia por parte de Traverso (como “intelectual orgánico” del comunismo, por decirlo así). Que, además, su melancolía no tenga nada de culposa o de paralizante en términos políticos es algo que resulta inaceptable para Domínguez Michael. Lo que quiero transmitir aquí lo resume bien él mismo en la última oración de su texto, cuando afirma que, al igual que Jean-François Revel, él prefiere no dar una segunda oportunidad a los marxistas, ya sean melancólicos o contritos. A mí, en lo particular, no me gusta la idea de plantear siquiera conceder segundas, terceras o cuartas oportunidades a nadie cuando de lo que se trata, sobre todo, es de debatir ideas e interpretaciones. En todo caso, creo que Traverso tiene claro lo que hay que hacer ante el derrumbe del socialismo real, por lo que este discurso sobre la concesión de oportunidades pierde, desde mi punto de vista, todo su sentido: “Para quienes no han elegido el desencantamiento resignado o la reconciliación con el orden dominante, el malestar es inevitable. Probablemente la historiografía crítica se encuentre hoy bajo el signo de tal malestar. Hay que tratar de volverlo fructífero” (La historia como campo de batalla, México, fce, p. 31; el énfasis es mío).

Todos, incluidos los marxistas, tienen derecho a la melancolía (de hecho, y por razones históricas de sobra conocidas, en su caso ésta es prácticamente inevitable). Si además esta melancolía es planteada como una melancolía no nostálgica, sino que pretende dar frutos, no sólo en términos intelectuales, sino también políticos e ideológicos, no veo por qué adoptar de entrada una postura reprobatoria o descalificatoria. Critiquemos, por supuesto, a esta melancolía todos los aspectos que nos parezcan criticables (porque consideramos que no es suficientemente autocrítica, que en ciertos aspectos es autocomplaciente, o porque edulcora el pasado comunista, como plantea con insistencia Domínguez Michael a lo largo de su texto), pero no nos cerremos, por motivos que parecen ser más viscerales que intelectuales, a lo que esta melancolía puede aportar al debate de ideas contemporáneo. Más allá, por cierto, de que en general la compartamos o no como una actitud adecuada para entender o explicar las realidades políticas y sociales del mundo actual. ◊

 


* ROBERTO BREÑA
Es profesor-investigador del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México.