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OTROS DIÁLOGOS | La ciudad antigua o el diálogo con las piedras. De la Roma imperial a la imperial Tenochtitlan

La ciudad antigua o el diálogo con las piedras. De la Roma imperial a la imperial Tenochtitlan

Eduardo Matos ha excavado durante muchos años los cimientos de México-Tenochtitlan, y nos los ha mostrado, piedra tras piedra. Pero en este breve ensayo nos enseña algo más: que las ciudades se fincan en la tierra, sí, pero también en la imaginación. Roma y Tenochtitlan —dice— comparten dos rasgos fundamentales: ambas son ciudades imperiales y ambas tienen hondos cimientos en el mito.

 

–EDUARDO MATOS MOCTEZUMA*–

 


 

Un día escribí que tanto en la imperial Roma como en la antigua Tenochtitlan estábamos ante espacios en donde se ven pedazos de historia tirados por todas partes. Me refería, claro está, a la enorme cantidad de fragmentos de pilares y de esculturas en piedra que fueron parte de aquellas ciudades. Cualquier persona que hoy se asoma al pasado para ver el Foro romano o el Templo Mayor de la ciudad mexica se transporta siglos atrás para estar frente al tiempo que fue. ¿Se puede dialogar con las antiguas piedras? Desde luego que sí. La piedra, transformada en escultura o en casas, palacios y templos, es parte sustancial de las ciudades y tiene un lenguaje que hay que saber interpretar. No todos pueden hacerlo, es cierto, pues el decir de las piedras requiere conocer de ellas y descifrar el mensaje de que son portadoras. Así, el arqueólogo logra penetrar en el tiempo para llegar ante la piedra transformada por el hombre con el poder creador que le es propio. Hay que leerlas y es así como esas esculturas de hombres y de dioses, de instrumentos varios o de edificios nos dicen mucho: de qué tipo de roca se elaboraron, de la tecnología empleada en su fabricación, de su función en la sociedad profundamente compleja y estratificada socialmente que la creó y hasta de la soberbia de algún gobernante. En fin, que múltiples son los temas que aquellas presencias nos resuelven y con esa información podemos acercarnos más a las esencias abismales de las sociedades antiguas.

Hoy voy a referirme a dos ciudades que en su momento fueron centro del universo y cuyo solo nombre causaba desasosiego en sus enemigos: Roma y Tenochtitlan. En ambos casos el surgimiento de las mismas está envuelto entre la historia y el mito. Los dos aspectos se entreveran. El primero trata de la información que nos proporcionan el dato arqueológico y la documentación escrita. El segundo nos remonta a illo tempore y está envuelto en arcanos y simbolismos que es necesario definir, pues en no pocas ocasiones son la respuesta que los pueblos dan sobre su origen y cobran signos de veracidad. El primero es el dato que la ciencia ofrece; el segundo nos lleva ante dioses fundadores y a pasajes no exentos de misterio y plenos de símbolos. Los dos son válidos, pues provienen del hombre que, en su infinito pensar, es el protagonista de los hechos humanos y, a la vez, el gran hacedor de los dioses.

La ciudad, como ente vivo, por lo general se divide en dos espacios fundamentales: por un lado, el espacio urbano que la define; por el otro, el espacio rural, su contraparte. En el interior de la urbe también podemos observar dos espacios: el espacio sagrado, o de habitación de los dioses, y el espacio profano, o de habitación de los hombres. En uno rige el poder del hombre; en el otro, el poder divino…

 

El origen de la ciudad

 

Las ciudades surgen entre el mito y la realidad. El origen de las mismas es una asignatura que la arqueología tiene pendiente. No sabemos a ciencia cierta el porqué del surgimiento de las ciudades en la antigüedad; es decir, de las causas que las producen, ya que lo que salta ante nuestros ojos es el efecto, o sea, esos enormes conglomerados humanos con toda su complejidad. Diversos estudiosos han adelantado sus hipótesis, pero la verdad es que, al paso del tiempo, vemos que pudieron ser varios los factores que se conjugaron para dar vida a la urbe. En algunas sociedades, como la egipcia, la mesopotámica, la china y alguna otra, vemos que hay un factor importante: el control del agua y de los sistemas de regadío, que resultan muy importantes, además de una organización social que permite el control interno y la explotación de un medio ambiente que provee de materias primas. El caso de Mesoamérica es un tanto diferente. Aquí no hubo grandes ríos que desbordaran sus aguas para beneficio de los pobladores, como fue el caso de Egipto, ni apareció la tecnología agraria —canales, represas, etc.— empleada en las sociedades antes mencionadas. Esto sugiere que aquí la organización social y religiosa pudo ser un factor determinante para el surgimiento de la ciudad.

 

La Roma imperial

 

Nos dicen algunos viejos relatos que Roma fue fundada por Eneas, héroe troyano que logra escapar de la destrucción de la amurallada Ilion (Troya) y establecerse con los latinos, cuyo rey, llamado Latino, lo acoge y le ofrece en matrimonio a su hija Lavinia. De esta unión nacerá Ascanio, fundador de la ciudad originaria de Alba Longa. En un momento dado, la ciudad es gobernada por Numitor, pero su hermano Amulio lo destrona, se hace del poder y envía al destierro a sus sobrinos, excepto a Rea Silvia, a quien trata de impedir que tenga descendencia. Pero es el caso que, un buen día, el dios Marte ve a la joven y tiene amores con ella, de donde nacen los gemelos Rómulo y Remo. Ante el temor de lo que pueda ocurrirles, los recién nacidos son colocados en una cesta que es arrojada al río, de donde serán rescatados por la loba Luperca, que los amamanta. Poco después, los hermanos son adoptados por una pareja que los cuidará. Tras conocer su origen y los antecedentes de la ciudad de Alba Longa, lograrán recuperar el trono para Numitor. Como podemos observar, el relato se pierde en los arcanos de la historia y de los mitos, y nos da ciertos visos que nos permiten escudriñar cómo sucedieron los acontecimientos. Algo que podemos descartar de estos relatos es la presencia de la loba que salva a los niños de una muerte segura. Esto nunca ocurrió, como tampoco sucedió que Marte preñara a Rea Silvia. Por otra parte, vemos que la fecha de la fundación de la ciudad ha sido motivo de discusiones, pero se ha acordado que el año 753 a.C. es el bueno. El mismo nombre de la ciudad tiene versiones diversas. Lo cierto es que, al paso del tiempo, los latinos se consolidan y comienza el desarrollo de la ciudad en el lugar de las siete colinas, junto al río Tíber. A los primeros siete reyes, cuya lista la encabeza Rómulo después de haber matado a su hermano Remo, los van a seguir los gobernantes que a partir de aquel momento van a transformar a Roma en una ciudad que irá cobrando enorme importancia, hasta llegar a conquistar el Mediterráneo y territorios de Europa, Asia y África.

De esta manera, entre hechos mitológicos y acontecimientos insólitos en los que el fratricidio juega un papel importante, la ciudad se nos muestra como el sitio en donde residen los poderes de los hombres y de los dioses. Viene a cuento recordar que, según algunos estudiosos de las religiones, como Mircea Eliade, la fundación de ciudades por lo general se acompaña de la presencia de animales, plantas y otros elementos que le dan veracidad y legitimidad al acto fundacional. A esto se suma que los pueblos buscan relacionarse con otros pueblos que los antecedieron en la historia, y es así como Roma voltea la cara para relacionarse de alguna manera con los griegos. De igual manera acuden a mitos que los hacen provenir de los dioses. El primero es el parámetro de grandeza humana; el segundo lo es de la divina. A continuación, veremos esto en el caso de la ciudad de Tenochtitlan.

 

La imperial Tenochtitlan

 

Desde que estábamos en la escuela primaria, nuestra maestra nos relataba con gran aplomo que los mexicas o aztecas habían llegado a la mitad de un lago donde vieron la señal prometida por su dios Huitzilopochtli: un águila parada sobre un nopal devorando una serpiente. Este acontecimiento jamás ocurrió. La historia nos señala cómo Tezozómoc de Azcapotzalco, que ostentaba el poder en buena parte del centro de México, fue quien asignó a los mexicas el lugar que ocuparían en el lago de Texcoco, con la condición de que fueran sus tributarios.

Ahora bien, si el acto fundacional del águila nunca sucedió, ¿por qué se convirtió en el símbolo de la ciudad tenochca e, incluso, ha perdurado a lo largo del tiempo hasta llegar a quedar ubicada en los símbolos nacionales? La historia es larga, pero vale la pena contarla. Empecemos por decir que el águila representa al dios solar y de la guerra, Huitzilopochtli. El águila se equipara al Sol, pues es el ave que vuela más alto. La versión de que la encuentran devorando una serpiente fue la que prevaleció, por razones históricas que relataré un poco más adelante, no sin antes advertir que de las imágenes que conocemos de la fundación de Tenochtitlan, la mayoría de las veces el ave rapaz no tiene nada en el pico, como es el caso de la lámina 1 del Códice Mendocino. En una escultura mexica conocida como el “Teocalli de la Guerra Sagrada”, se ve el águila parada sobre el nopal y del pico surge el símbolo de la guerra. Existen otras versiones; por ejemplo, en el Códice Durán, hay dos láminas que muestran, una, al ave devorando pájaros y, la otra, desgarrando a la serpiente.

Acerca de la fecha de fundación también existen distintas versiones, si bien la que predomina es la del año 1325 d.C. De igual manera, el nombre de México-Tenochtitlan se ha prestado a diferentes interpretaciones. En fin, que el surgimiento de la ciudad tenochca no está exento de mitos y realidades. También el pueblo mexica trató de relacionarse con los dioses que participaron en la fundación de la ciudad y dice ser descendiente del tolteca, al que consideraba como prototipo de los grandes artistas. Sin embargo, adelantábamos algo que resulta importante, y es la manera en que el símbolo fundacional mexica pudo ser aceptado durante la etapa colonial e incluso llegar a quedar plasmado en la bandera y el escudo nacionales. Para esto nos transportaremos al momento de la conquista, cuando los recién llegados traen consigo su propia manera de pensar, a la cual, sin embargo, no le resulta ajena la imagen del águila, pues formaba parte del acervo ideológico cristiano, que usaba al águila para representar a uno de los evangelistas. Por lo demás, la serpiente era una de las imágenes del demonio, el engañador y embaucador, y la vemos presente desde el instante en que induce a Eva a comer del árbol prohibido. De allí se desprende que, en múltiples imágenes de la Virgen, ésta pisa la cabeza del ofidio, así vencido. También hubo un interés político en preservar el símbolo de Tenochtitlan: el de aglutinar a los mexicas o aztecas alrededor de algo que les era común. En varios conventos franciscanos y agustinos, se ve al águila subida sobre el nopal y hasta el sello de la ciudad de México representaba esta imagen.

Pasaron los años. Llegó el instante en que México alcanzó su independencia. Una de las primeras acciones de los insurgentes fue buscar algo que identificara a la nueva nación. Crearon la bandera con los colores ya sabidos —verde, blanco y rojo— y, sobre el blanco, el color que representa la pureza de la religión católica, colocaron el símbolo de Tenochtitlan. ¿La razón? Establecer el cordón umbilical que unía al México independiente con el pasado prehispánico destruido por los españoles.

Todo lo anterior nos lleva a concluir que, tanto en Roma como en Tenochtitlan, los símbolos fundacionales de la ciudad dieron paso a su continuidad en el tiempo.◊

 


* EDUARDO MATOS MOCTEZUMA
Es profesor-investigador emérito del Instituto Nacional de Antropología e Historia y miembro de El Colegio Nacional.