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OTROS DIÁLOGOS | El problema de la risa

El problema de la risa

Con este ejercicio de imaginación distópica, Marina Azahua presenta un escenario donde el hombre de cabello naranja se enfrenta con el mayor de sus problemas: el problema de la risa.

 

– MARINA AZAHUA*

 


 

Animal (detalle) / Carlos Pellicer López

En retrospectiva, los teóricos del futuro coincidirían en que el punto de quiebre fue la construcción del Great Trump Ballroom sobre el césped de la Casa Blanca. El año era 2025, el segundo término del presidente permanecía lejos de llegar a su fin y los teóricos seguían intentando comprender. La redondez simbólica de las cifras contribuía a lo espeluznante de la situación. Pero the deal had been closed, como le gustaba decir a la gente, y el hombre de cabello naranja, que también era el presidente número 45 de la nación, había logrado mover los hilos necesarios para extender su poder por cuatro años más. La seguridad nacional requería de su permanencia en el poder, le gustaba decir a la gente. Al menos a la gente que decidía estas cosas. Pero los teóricos del futuro coincidían ya para entonces, tras discutirlo ampliamente en congresos y artículos arbitrados, que el origen de dicha circunstancia se había gestado mucho antes.

En enero del año de aquellas elecciones surreales, ocho años atrás, en un discurso que todos los niños de primaria debían ahora memorizar a comienzos de cada curso, el hombre de cabello naranja había prometido construir un gran salón de baile en la Casa Blanca en caso de ganar las elecciones: “Tendremos un salón de baile en la Casa Blanca”, dijo el hombre de cabello naranja. Y en su momento, todo el mundo rio ante semejante ridiculez. “Costará unos 100 millones de dólares, y lo pagaré yo. Será un gran regalo. Debemos proyectar el poder de nuestra nación y su belleza a través de una infraestructura correspondiente. Si hay algo que yo sé cómo construir, es un salón de baile. Será un gran salón de baile. En mi club en Florida construí lo que muchos consideran que es el salón de baile más magnífico del mundo… soy dueño de muchos y muy hermosos y muy exitosos salones de baile. Éste será el más grande salón de baile del mundo, y lo construiré, y yo lo pagaré, sin costo alguno. Será un gran regalo”.

Tanto el poder como el problema del hombre de cabello naranja radicaban —además de en su uso excesivo de la repetición— en la creencia facilona de que las cosas pueden regalarse. De que el concepto gratis existe. “Lo construiré sin costo alguno. Valdrá 100 millones de dólares, y lo pagaré yo. Para construir un salón de baile apropiado, del más alto nivel, yo cubriré los costos y le regalaré el salón de baile al gobierno”. El problema era que el hombre de cabello naranja tenía el privilegio de partir del supuesto de que esos 100 millones de dólares que utilizaría para construir el salón de baile se materializaban por generación espontánea, que no venían de sitio alguno. Que el hombre de cabello naranja pudiera circular por la vida creyendo que esto pudiera ser real ya dice mucho. Y con respecto a esto, el hombre de cabello naranja cometía un error enorme al no atender aquella máxima fundacional de la cultura de la cual provenía, ese dicho ubicuo que dicta que, en su país, “there´s no such thing as a free lunch. Pero no era de extrañarse, pues ante la mayoría de los monumentos, salones de baile y casas blancas del mundo entero, las personas generalmente se preguntan: ¿quién lo construyó? Y no preguntan: ¿de dónde vino el dinero para construirlo?

Los que votaron por el hombre de cabello naranja lo hicieron bajo la creencia de que “haría a su nación grande de nuevo”. Pero no supieron ver que, si un hombre tiene 100 millones de dólares flotando etéreamente, esperando a ser gastados en el más grande salón de baile del mundo, es porque esos 100 millones de dólares seguramente se los robó a alguien más. No existe la acumulación de la riqueza sin la explotación. Si las personas que votaron por el hombre de cabello naranja no tenían lo que necesitaban para vivir era porque gente como el hombre de cabello naranja se los había robado.

Cuando el hombre de cabello naranja compartió con la ciudadanía sus planes de construir un muro en la frontera con México, y de expulsar a los 11 millones de indocumentados que residían en el país en el momento de las elecciones, todo el mundo rio ante semejante ridiculez. Rieron tan fuerte como rieron cuando juró construir el más magnífico salón de baile en el planeta. Pero el muro en la frontera con México y el salón de baile más magnífico del mundo se construyeron a la par. Ambos los pagó la gente a la que el hombre de cabello naranja robaba profesionalmente. Tras volverse presidente, las personas que pagaban impuestos se volvieron estas personas a las que robaba profesionalmente.

Pero al margen de quién pagara, no había quién construyera ni el salón de baile ni el muro. Porque la gente que no pagaba impuestos, los 11 millones de indocumentados en el país que serían subsecuentemente expulsados, eran también las únicas personas a las cuales el presidente no podía robar, porque eran los únicos que no pagaban impuestos —además, claro, de él mismo—, y por esta razón mantuvo su promesa de expulsarlos del país.

En los primeros años de su reinado, la expulsión de indocumentados se enarboló como un negocio redondo. Los teóricos del futuro identificarían a los pocos años las características particulares de cómo se radicalizó la privatización de la deportación en Estados Unidos y los vínculos entre este proceso y el enriquecimiento de las compañías privadas de control penitenciario. Pero nada es perfecto, ningún plan carece de fisuras.

El gran error del hombre de cabellera naranja había sido asumir que por querer expulsar a 11 millones de personas iba a lograrlo. El problema fue una cuestión de cálculo. No había 11 millones de indocumentados, sino 22. Precisamente porque eran indocumentados, y porque se deportó a 11 de ellos, nadie supo que todavía existían los 11 millones restantes, los cuales continuaron trabajando como siempre, y continuaron ayudando a cruzar a nuevos indocumentados, a pesar del muro, porque la voluntad es una sustancia de potencias infinitas. Y esos 11 millones de personas eran las únicas a las cuales el hombre de cabello naranja ya no podía robar. Eran las personas que se reían más de la ridiculez del hombre de cabello naranja, quien creyó que podría vivir sin ellos.

Por cuestiones de costos, el gran salón de baile más magnífico del mundo sobre el césped de la Casa Blanca no lo podían construir trabajadores legales. Para no ser devorado por la prensa, el hombre del cabello naranja no podría bajar costos al contratar a trabajadores indocumentados para construir el gran salón de baile. La consecuencia fue que el salón de baile más magnífico del mundo costó 200 millones de dólares en lugar de 100 y se construyó con los recursos de las mismas personas que habían votado por el hombre de cabello naranja. Pero para entonces ya todos se habían acostumbrado a que no podía esperarse congruencia del mandatario. Y aunque el muro existía ya entre la frontera y 11 millones de indocumentados habían sido expulsados a través del perfeccionado sistema de deportaciones —que remitían en ganancias 100 millones de dólares al año a la industria penitenciaria indirectamente vinculada al hombre de cabello naranja—, generalizadamente se aceptaba el hecho de que por cada migrante deportado se quedaba uno no detectado y llegaba uno nuevo. Pero ninguno de ellos contribuyó en forma alguna a la construcción del gran salón de baile.

En la inauguración del salón de baile más magnífico del mundo sobre el césped de la Casa Blanca, todos tenían que estar felices. El hombre del cabello naranja requería de la risa sincera de su séquito. Pero como no había séquito, y como nadie quería ir a la inauguración del salón de baile, por temor a que su sonrisa no fuera perfecta, entonces se mandaron instalar enormes megáfonos para transmitir las risas grabadas a las cuales el hombre de cabello naranja era ya tan aficionado. El tema de las risas grabadas había comenzado años atrás, durante el segundo debate de la contienda del hombre de cabello naranja y su contrincante. En aquel debate televisado y también el más comentado de la historia, la audiencia había intervenido con aplausos y risas en más de una ocasión para vitorear las ocurrencias de su futuro mandatario. Los moderadores habían tenido que intervenir constantemente: Pedimos a la audiencia que por favor no rían. Solicitamos al público que por favor no aplaudan. Pero las risas de fondo no paraban, y con cada minuto que avanzaba el debate, éste se parecía más a un programa de televisión poblado de risas grabadas.

En el ahora lejano año de 2016, tras haber terminado de acosar a su contrincante durante el debate, en la madrugada, en su cama cubierto por sábanas doradas, el señor de cabello naranja repasaba obsesivamente sus escenas favoritas del debate en su celular. Disfrutaba particularmente de las risas de la gente, de los aplausos. Era como estar en Jerry Springer, en Laura en América, en Seinfeld, en Big Brother; era como ser Miss Universo, pero mejor. La risa era más potente que el aplauso. La risa era necesaria. Era crucial. Al día siguiente, el hombre del cabello naranja pidió a su asistente de mayor confianza que buscara la risa grabada más bella de la historia. El problema de la risa no era fácil de resolver y el asistente tardó varias semanas en identificar a la más bella de la historia. Pero tras consultar con expertos, al final eligió una risa grabada durante aquel mismo debate. Esa grabación sería el sonido más reproducido durante los siguientes ocho años de la vida del país. En todo evento futuro donde se presentara el hombre de cabello naranja, una grabación de esas risas debía estar presente. Se instauraría así el imperio de la risa.

A partir del tema de la risa grabada, los teóricos del futuro se darían cuenta rápidamente de por qué a los niños pequeños suelen causarles terror los payasos: la crueldad de los payasos radica en que uno se ve forzado a reír de ellos a la vez que causan terror. Entre risas, las de sus defensores y las de sus contrincantes, el hombre de cabello naranja llegó al poder. Y los teóricos del futuro identificarían en este personaje histórico el gran tropo de la banalización del mal materializada en el chiste. En lo ridículo. En la frivolización de la maldad. Porque cuando el hombre de cabello naranja fue denunciado públicamente por agredir a varias mujeres, su respuesta fue: sólo era un chiste. Y sus seguidores rieron, porque entendieron el chiste. Y sus contrincantes rieron ante la incongruencia de su chiste. Porque cómo podía el mismo ser humano decir que los mexicanos son todos violadores en potencia y él mismo ser un violador que asalta y toca a las mujeres, porque puede. La incongruencia era ridícula. Y todo el mundo rio ante semejante ridiculez. Rio tanto como cuando lo del salón de baile y lo del muro. Rieron y rieron.

Los teóricos del futuro más lejano sabrían identificar, también a partir de este episodio oscuro de la historia, que la catástrofe es vivir en la incertidumbre. Y la incertidumbre surge de la dislocación de la lectura del mundo. Una dislocación tal que la única respuesta posible es la risa. Cuando el hombre de cabello naranja ganó las elecciones en el ahora lejano año de 2016, el mundo entero rio ante semejante ridiculez. Rio ante la evidente incapacidad de aquel hombre para gobernar el supuesto país más poderoso del mundo. Pero el problema de reírnos de la gente es que, sí, es una forma de crítica, pero también surge de la desesperanza, de la certeza de que no queda forma alguna de resistencia, sólo la risa. El problema verdadero de la risa es cuando el chiste se vuelve real y entonces todo el mundo deja de reír.

Para la inauguración del gran salón de baile, que sucedió tan sólo unas semanas después de la inauguración del gran muro fronterizo en el año 2025, se mandaron pedir 1 460 000 rosas. Una por cada día de la presidencia del hombre de cabello naranja, por mil. Pero a tan sólo dos semanas después de haberse terminado el muro y de haberse concretado la deportación de 11 millones de personas, no había rosas ya en el país. De las flores cultivadas dentro de las fronteras extremadamente bien aseguradas del país, 46% venía de California, y no había ya quien las cultivara ni las cosechara ni las empacara ni las transportara. Nadie lo quería hacer, mucho menos gratis. Las importaciones de Colombia y Ecuador se habían cerrado a causa del gran muro fronterizo. Los 30 mil millones de dólares al año en ganancias de la industria de la floricultura habían topado de lleno con el apocalipsis y las rosas se pudrirían en los rosales durante los siguientes años del imperio de la risa.

Los jinetes del apocalipsis no habían sido cuatro, sino uno, en cuyas pezuñas se concentraban en un solo manojo la muerte, la hambruna, la guerra y la conquista. Pero como tantas otras veces en la historia de la humanidad, ante lo que unos consideran la risa vociferante del dominio de la conquista, del éxito… el resto del mundo detona una risa bajita y discreta, bastante repleta de compasión y misericordia. Una risa distinta, muy lejana a la risa grabada que se escuchaba en los megáfonos del gran salón de baile mientras el hombre de cabello naranja esperaba, solo, sentado en una mesa y rodeado de floreros vacíos, a que llegara la gente que no llegaría nunca. Esa risa pequeña y discreta, en nada parecida a la risa grabada que sonaba dentro del salón de baile más magnífico del mundo, era la risa de aquellos que permiten al poderoso creer que han sido dominados, mientras practican la resistencia a través de la burla profunda, pausada pero contundente, de quien sabe que las ropas del emperador no son tal.

 

CODA: El presente texto se escribió a petición de los editores Mónica Ríos y Carlos Labbé, como parte de un ejercicio de imaginación distópica, que se presentó a escasas semanas del triunfo de Trump en las elecciones de 2016 en Estados Unidos. En esos momentos, para todos los que escribimos distopías en español bajo la premisa de “qué pasaría si ganara Trump”, el que en verdad ganara las elecciones resultaba inverosímil e irrisorio. Pocas veces los textos regresan a darnos una cachetada a quienes los escribimos. Este texto lo hizo. Y me declaro culpable de haber reído ante la ridiculez de la posibilidad de que el presente que ahora nos aqueja fuera no sólo imposible, sino ridículo. La mayor parte de este texto es ficción; algunas partes son verdad. Lo que definitivamente es verdad es que un hombre de cabello naranja declaró, en febrero de 2016, que, tras ganar las elecciones, construiría el más magnífico salón de baile de la historia sobre el césped de la Casa Blanca.◊

 


* MARINA AZAHUA
Es escritora y estudia actualmente el doctorado en Antropología en la Universidad de Columbia.