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OTROS DIÁLOGOS | El cuerpo del lector en La noche de Tlatelolco de Elena Poniatowska

El cuerpo del lector en La noche de Tlatelolco de Elena Poniatowska

 

–NAYELI GARCÍA SÁNCHEZ*

 


 

Elena Poniatowska,
La noche de Tlatelolco,
México, Era, 1971.

 

“Son muchos. Vienen a pie, vienen riendo” es el enunciado que abre La noche de Tlatelolco, publicado en 1971 por Elena Poniatowska. Esa descripción (sencilla, telegráfica, tripartita) no sólo presenta a los protagonistas de la crónica —los cientos de personas que organizaron el movimiento estudiantil—, sino que también sitúa en el mismo espacio a un observador de los hechos. Alguien dice cuántos son, cómo vienen, qué hacen mientras caminan. Es una mirada que se antoja sensible y voyerista. Un tipo de observador que no disfruta del gesto íntimo y privado, pero sí de la acción pública, de los cuerpos portadores de ideas. “Aquí vienen los muchachos, vienen hacia mí, son muchos” (p. 13).

En uno de los documentos literarios más importantes para entender el movimiento estudiantil de 1968, Poniatowska propuso una versión de los hechos que acepta la participación del lector como un cuerpo más entre los manifestantes, en la primera parte, y entre los sobrevivientes, en la segunda. Lo llamo “documento literario” con toda la malicia que me permite el término. Es, precisamente por su carácter dual, un documento histórico y una obra literaria. Por un lado, el texto recogió una cantidad relevante de testimonios orales y escritos del 68; por otro, organizó los materiales de forma que narraran una historia pasada y crearan un escenario para la inserción, en un presente sostenido, de un lector que no duda en identificarse desde el primer momento con el yo narrador que se asoma aquí y allá en la conjugación de verbos y en el empleo de deícticos.

Jorge Rodríguez-Luis sugiere referirse a este tipo de obras testimoniales como “narrativas documentales”, para aludir al proceso de transformación de la experiencia humana (registrada a manera de documento, ya sea como testimonio, carta o cualquier otro género referencial) en la obra literaria que resulta de un trabajo de edición y colaboración. Esto implica no atender a la “fidelidad” de la obra con los testimonios que le dieron base, sino al mero proceso de elaboración de los testimonios y a la labor de estructuración en un nuevo texto.

En la lectura de Christopher Harris, esta obra de Poniatowska cumple varias funciones: denuncia la masacre de Tlatelolco como un crimen contra la humanidad, al mostrar las múltiples violaciones a los derechos humanos ocurridas durante los cuatro meses que duró el movimiento y, en particular, el 2 de octubre; señala la censura del discurso oficial sobre lo que pasó esa noche; y, finalmente, subraya al movimiento estudiantil como un hito en la lucha por la democracia, entendida como un ejercicio de libertad y autonomía. Harris añade que La noche de Tlatelolco es fundamental para la construcción de una memoria cultural que responda a la versión autorizada sobre este trauma en la historia de México. Su lectura viene a cuento para puntualizar que esas tres acciones —denunciar, señalar y subrayar— ocurren en un nivel verbal y también en un nivel dramático, como lo muestra la siguiente cita del texto de Poniatowska:

Yo fui testigo de que el lenguaje fue cambiando, o mejor dicho, de que fuimos encontrando un lenguaje común, y ésta es la experiencia más bonita que saqué del movimiento […] Poco a poco el pueblo nos empezó a enseñar su modo de hablar y los aplausos nos indicaban que nos entendíamos. Empezamos a conocer México y su triste realidad. Todo esto lo vivíamos diariamente en la brigada. Una vez, en un mercado por el lado de Iztapalapa, fuimos a “volantear”. Después me tocó hablar y una viejita, pero viejita viejita, me dio unos pesos liados en un pañuelo o en un trapito. A mí me conmovió mucho y le devolví el dinero porque a ella le hacía más falta que a nosotros (p. 29).

Este testimonio, atribuido a Salvador Martínez de la Roca (alias Pino), habla precisamente de cómo el lenguaje del movimiento no era únicamente verbal, sino también corporal. Tras apuntar el nacimiento de un nuevo lenguaje, el testigo pasa a narrar una escena donde el nuevo lenguaje prueba su efectividad. Las palabras se responden con aplausos o, en un caso más específico, con el intento de un intercambio de bienes que se cancela en su dimensión material, pero que pervive simbólicamente. La mención de “la viejita viejita” que le ofrece dinero al joven estudiante y la posterior negativa a recibirlo muestran la acumulación de significados que se activa con la narración de los acontecimientos. Al hecho narrado del intento del regalo y su devolución, se suma la acción de contarlo, como una forma de evidenciar qué ocurría en el encuentro entre dos generaciones: la de unos jóvenes revolucionarios y la de un pueblo que escucha sus propuestas y las anima. El intercambio que no se llevó a cabo en términos monetarios sí ocurrió en términos abstractos. Lo que el muchacho y la anciana compartieron es la experiencia del entendimiento que, a su vez, se registra en el texto y se actualiza con cada lectura.

Beth Jörgensen, especialista en la obra de Poniatowska, afirma que, en La noche de Tlatelolco, la función de la autora se acerca a la de una editora que escucha y lee cuidadosamente para organizar el material a su disposición. A su juicio, esta obra es un recuento de la lucha que comenzó a mediados de julio del 68 y terminó violentamente reprimida en octubre. Las demandas de libertad para los presos políticos, la desaparición del cuerpo de granaderos y la destitución del jefe de la policía toman una forma teatral en la narración y muestran su razón de ser sin recurrir al tono ensayístico de la explicación. Jörgensen señala la necesidad de identificar al menos dos fases fundamentales en la creación del texto: en el primer momento estuvieron los relatos orales de los testigos que formaron parte del movimiento y que son autores de su recuento verbal: “Este relato […] está hecho con sus palabras, sus luchas, sus errores, su dolor y su asombro” (p. 164); en el segundo momento Poniatowska transcribió, organizó y distribuyó las secciones de una historia escrita para contar una versión posible de los hechos, ajena al discurso oficial de la prensa.

Mientras que en la primera sección la obra ofrece los gestos de la lucha y algunas señales del lenguaje surgido del movimiento, en la segunda hay una escenificación de lo que ocurrió la noche del 2 de octubre en Tlatelolco. Aunque una voz narra de forma lineal qué sucedió ese día al comienzo del segundo apartado, más adelante un mosaico de voces atrae al lector hasta el presente de la masacre. Testimonios en pasado de diversas experiencias se alternan con diálogos que actualizan el tiempo de la narración hasta la noche funesta:

¿Me está saliendo mucha sangre?

Pablo Berlanga, a su madre Rafaela Cosme de Berlanga (p. 180).

¡Un médico, por favor, por piedad, por lo que usted más quiera! ¡Un médico, por Dios!

Olga Sánchez Cuevas, madre de familia (p. 184).

Por medio de un mecanismo de acumulación, la narración disuelve la autoría de las voces que la componen y termina por convertirse en un guion que podría leerse como una pieza de dramaturgia:

¡Muy bajo, están tirando muy bajo! ¡Muy bajo! ¡Agáchense!

Un oficial del ejército.

¡Alto! ¡Alto el fuego! ¡Alto el fuego! ¡Alto!

Voces en la multitud.

¡No puedo! ¡No soporto más!

Voz de mujer.

¡No salgas! ¡No te muevas!

Voz de hombre.

¡Cérquenlos! ¡Ahí! ¡Ahí! ¡Cérquenlos, cérquenlos les digo!

Una voz.

¡Estoy herido! Llamen a un médico. ¡Estoy…!

Una voz (p. 196).

Esa capacidad de traer la noche del 2 de octubre al presente de la lectura mantiene vigente una obra que sigue siendo necesaria, a cincuenta años de los hechos. En estos días de marchas conmemorativas, que en los cuerpos heridos de los estudiantes agredidos por grupos de choque refuerzan sus razones para llevarse a cabo, leer a Poniatowska es otra forma de poner el cuerpo y reclamar la memoria viva del Movimiento de 1968. ◊

 


Bibliografía

Todas las citas textuales pertenecen a Elena Poniatowska, La noche de Tlatelolco, México, Era, 1971.

Bibliografía complementaria

Harris, Christopher, “Remembering 1968 in Mexico: Elena Poniatowska’s La noche de Tlatelolco as documentary narrative”, Bulletin of Latin American Research, vol. 24, núm. 4 (octubre 2005), pp. 481-495.

Jörgensen, Beth E., “The role of the editor in Elena Poniatowska’s La noche de Tlatelolco”, Latin American Perspectives, vol. 18, núm. 3 (primavera 1991), pp. 80-90.

Rodríguez-Luis, Julio, El enfoque documental en la narrativa hispanoamericana. Estudio taxonómico, México, fce, 1997.

 


* NAYELI GARCÍA SÁNCHEZ
Es estudiante del doctorado en el Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios de El Colegio de México.