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OTROS DIÁLOGOS | ¿Cuánto vale el arte?

¿Cuánto vale el arte?

El arte es dinero. El arte está en el mercado. Siempre lo estuvo pero su valor nunca fue tan polémico como en nuestros días. La ciencia económica plantea nociones e ideas al respecto que nos sorprenderán. ¿Vale el arte lo que cuesta?

 

– SINAIA URRUSTI FRENK –

 


 

Ballon dog de Jeff Koons / Antonio Campoy

Existen muchos valores del arte, formas a través de las cuales una obra artística adquiere valor. Sólo así se entiende cómo una obra de Basquiat se vendió en más de 100 millones de dólares hace unos meses o por qué una pintura de Rembrandt, rara vez disponibles para ser adquiridas, puede valer la mitad de lo que cuesta una escultura de Koons, artista pop vivo cuya obra continúa creciendo y frecuentemente se encuentra en catálogos de las principales casas de subastas.

Al igual que el valor del arte, su mercado no es uno sino muchos, incluso dentro de una misma disciplina artística. En cada mercado del arte coexisten diferentes actores, organizaciones e incentivos que interactúan entre sí en entornos diversos y complejos. En los distintos mercados del arte, las motivaciones oscilan entre lo económico, lo psicológico y lo emocional, entre otros factores. Las valoraciones fluctúan entre lo predecible y las sorpresas del mercado, y entre las críticas subjetivas y los elementos objetivos que caracterizan una obra artística. En algunos mercados, como el de las subastas, existe mayor transparencia transaccional, pero rara vez hay un consenso sobre el valor monetario de una obra.

Lo anterior no debe sorprendernos. El valor conjunto de una obra de arte, el conformado por sus diferentes fuentes de valor es, ante todo, incierto. El precio que una obra alcanza puede ser impredecible. Esto no sólo se debe a que la valoración de una obra requiere del paso del tiempo y de la perspectiva histórica, como en el caso del arte contemporáneo. Tampoco se debe únicamente a que esta valoración depende del contexto social y cultural del momento en que es valorada la obra, como en el caso de Bach, en su tiempo considerado un compositor anticuado y redescubierto más de un siglo después de su muerte. El valor incierto menos aún emana del hecho de que las obras de arte son experienciales e imposibles de valorar hasta que se viven. Por ejemplo, no puede apreciarse un concierto o una obra de teatro hasta que se escucha y observa. Tampoco puede apreciarse plenamente un cuadro de Goya o una escultura de Rodin sin estar frente a ella. La incertidumbre acerca del valor “real” de una obra de arte se debe, sobre todo, a que coexisten diferentes tipos de valoraciones: artística, simbólica, económica, cultural, entre otras, asociadas a su valor conjunto e interrelacionadas de formas complejas.

El valor artístico

El valor artístico de una obra está dado por la habilidad creativa, técnica, estética y expresiva de su autor expresada en dicha obra. Características tan variadas como la calidad de la composición, la precisión interpretativa, la de las pinceladas y los golpes del cincel, el uso del color o la armonía, la temática o la capacidad de transmitir ideas, conceptos y emociones son sólo algunas de las muchas que definen la contribución artística de una obra de arte.

Por supuesto, estos elementos no siempre son fáciles de juzgar. El crítico de música más influyente en la época de Tchaikovsky, el alemán Hanslick, describió el Concierto para violín del compositor, uno de los más valorados y famosos del mundo, como una obra “cuyo hedor uno puede escuchar”. Afortunadamente, el arte se va imponiendo y va encontrando su lugar en la historia. En la valoración de obras contemporáneas también se necesita perspectiva temporal, pues una parte de su valor artístico está en función del lugar que tienen en la trayectoria del artista y de cuán representativas son de sus mejores expresiones o de su época.

Curadores, críticos e historiadores expertos en las artes tienen un papel preponderante en la definición del valor artístico de una obra. Al igual que los museos, galerías y comerciantes de renombre, así como los teatros y las salas de concierto más famosos, estos expertos analizan y dan difusión a los artistas y a sus expresiones. Por ello, la procedencia de una obra y su historial de exhibiciones, representaciones y propietarios también contribuyen a su valor artístico y, con él, a su valor comercial.

El valor de la singularidad

En el mundo del arte prácticamente no existen bienes sustitutos o, cuando menos, sustitutos perfectos. Esta naturaleza única de las obras artísticas es uno de los generadores de valor comercial más importantes. Del valor de la singularidad también nace el de la autenticidad, tradición relacionada con la importancia de la individualidad del artista heredada de la época del Renacimiento.

La singularidad a veces es entendida como parte de la definición de una obra de arte. En 2005, se reemplazó el tiburón en descomposición de la escultura La imposibilidad física de la muerte en la mente de alguien vivo (1991) del artista conceptual Damien Hirst. Este hecho desató un cuestionamiento filosófico entre críticos de arte, coleccionistas y el propio artista sobre la equivalencia de la obra restaurada a la obra original y, por lo tanto, sobre la validez de la nueva obra como una verdadera obra de arte.

Y existe otra dimensión en el valor de la singularidad del arte: la de la exclusividad. En octubre de 2006, Gaceta Policial1 (1955) de Willem de Kooning, obra que convirtió al autor en una estrella del arte abstracto, fue vendida a través de una venta privada en 63 500 000 dólares. Un mes después, Mujer III2 (1952-1953), obra de formato y época similares, fue vendida, también de forma privada, en 137 500 000 dólares —más del doble que Gaceta Policial—. Esta enorme diferencia de precios puede estar relacionada con la temática y la relativa aportación artística de las obras, pero más probablemente se debe a la singularidad de Mujer III: de la serie de seis mujeres pintadas entre 1950 y 1953, Mujer III es la única que no es parte de un acervo museístico y, como tal, es la única que aún está disponible para ser adquirida por coleccionistas privados.

El valor financiero

Distinto al económico, el valor financiero es aquel que tiene la obra artística como un bien de inversión. Este tipo de valor no se basa en el diagnóstico, sino en el pronóstico. A pesar de que muchos expertos ponen en duda tanto el rendimiento económico de obras de arte (comparado con el de otros activos financieros) como la capacidad de predecirlo, el número de servicios financieros y fondos de inversión destinados al arte continúan proliferando. Se alude a ejemplos célebres, como la obra Intercambio3 (1955) del citado De Kooning. El año en que fue pintada, el artista vendió la obra en 4 mil dólares. Sesenta años después, la pintura obtuvo el precio récord de venta de una obra de arte: se vendió en 300 millones de dólares (los 4 mil dólares de 1955 son equivalentes a alrededor de 35 mil dólares de 2015).

El valor de lo inagotable

A pesar de que algunas obras de arte, como las urbanas o los conciertos en vivo, son, por naturaleza, efímeras, las expresiones artísticas tienen, en mayor o menor grado, un valor “inagotable”. Éste existe en, al menos, cuatro sentidos. El primero y más obvio, que únicamente hay en las obras no perecederas, es el de su permanencia. De ahí que uno de los elementos considerados en una obra para ser un objeto de inversión es su estado de conservación y capacidad de perdurar al paso de los años.

El segundo y quizá más importante sentido es que el arte es inagotable porque, al igual que el conocimiento, entre más se consume y se comparte, más crece, más hay. Si compartes un platillo, únicamente puedes consumir la parte restante. Si compartes tu tiempo, tendrás menos tiempo. Pero si compartes arte, la experiencia artística se multiplica, “crece”.

El tercero es que, a diferencia de otros bienes, entre más los consumes, más los aprecias y, por lo tanto, más valen. En economía, esta cualidad se conoce como “utilidad marginal no decreciente”. El primer vaso de agua es muy satisfactorio; el décimo, quizá no tanto. En cambio, la apreciación de algunas obras artísticas muchas veces no es inmediata: frecuentemente requiere de información contextual, de estudio o de observación prolongada. Entre más consumimos algunas obras, más las disfrutamos, más apreciamos sus aristas y mejor las entendemos.

La Mona Lisa, imposible de apreciar en esta sala repleta del Museo del Louvre / Emilio del Prado

El cuarto sentido en el que el arte es inagotable es, en cierto modo, opuesto al valor de exclusividad de las artes. Éste es la cualidad del arte de ser un bien, en términos económicos, “no rival”. En economía, la “no rivalidad” es una propiedad de los bienes públicos que define el consumo de un bien por un individuo como independiente del consumo de ese mismo bien por otro individuo. El que una persona observe la Mona Lisa de Da Vinci no le impide a otra apreciarla al mismo tiempo. Por supuesto y como en todo, hay matices: si la sala está tan llena que la obra no puede apreciarse, ésta pierde su valor como un bien “no rival”.

El valor cultural

Una parte de la experiencia humana y su entendimiento, la de las emociones y el reconocimiento existencial, sólo puede transmitirse a través del arte. Éste es, en esencia, su valor cultural: la capacidad de enseñarnos, por medio de la sensibilidad y la conciencia intuitiva de la realidad, aquello que no podemos aprender (o aprehender) de otras fuentes de conocimiento o experiencias de vida. Y es así como una obra de arte resulta buena o mala, no porque sirve a la necesidad expresiva de un artista, sino porque expresa sabiduría y experiencia existencial que no es accesible al espectador de otra forma. La poesía como conocimiento, decía Ramón Xirau.

Este valor cultural del arte va más allá del uso del arte como método de aprendizaje “racional” o como instrumento propagandístico. El valor cultural de la Ilíada trasciende la aportación histórica de su narrativa sobre lo acontecido durante unas cuantas semanas del último año de la Guerra de Troya y su posterior influencia en la literatura y en otras manifestaciones artísticas occidentales. Su valor cultural reside en las metáforas que contiene y en todo aquello que se manifiesta más allá de la elección y ordenamiento de las palabras mismas.

El valor simbólico

En los mercados del arte, el precio de una obra se ve influido por su contenido simbólico, no tanto por sus características físicas. Lo que da valor a una obra no es, principalmente, el material con el que fue construida ni las horas que tomó hacerla, sino sus características intangibles, sus valores simbólicos.

Dos ejemplos de valores simbólicos son el emocional y el social. El valor emocional del arte, distinto pero relacionado con el valor cultural del arte como forma de entendimiento y conocimiento a través de las emociones, es el poder inmediato que tiene de conmovernos, de transmitirnos la gama entera de sentimientos y emociones humanas. Es su poder empático, el de identificarnos emocionalmente. Esta fuerza emotiva existe en todas las manifestaciones artísticas.

Otra faceta del valor simbólico es el valor social, entendido como pertenencia social y no como valor para la sociedad (explorado más adelante). Éste lo vemos reflejado, por ejemplo, en el estatus o prestigio de compradores y vendedores, así como en su identidad como integrantes de ciertos círculos sociales. En el siglo xviii, las cortes se peleaban por patrocinar a los músicos y compositores más famosos, pues les daba renombre. Hoy en día, el mundo del arte contemporáneo internacional se ha convertido en un estilo de vida. Tanto amateurs con aspiraciones como expertos, coleccionistas y demás personalidades asisten a eventos de arte contemporáneo más para ver y ser vistos, y no sólo para observar o comprar arte. En términos económicos, el arte como un símbolo de estatus y lujo lo convierte en un “bien de Veblen”, un tipo de bien muy peculiar, pues viola la ley económica de la demanda; la curva de demanda para este tipo de bienes es positiva: a mayor precio, mayor demanda.

 

Centro de Vuelos TWA, Aeropuerto JFK / Seamus Murray

El valor económico

El valor económico del arte tiene que ver con su capacidad de impulsar la economía. La creatividad artística como hábitat de innovación, el arte como una industria de “exportación” (por ejemplo, a través del turismo artístico y cultural) y como promotor de inversiones (por ejemplo, a través de comisiones arquitectónicas) son tan sólo algunas ilustraciones de su potencial impacto económico.

Sin embargo, hablar del arte en términos meramente económicos y utilitarios, en términos de efectos positivos en la economía y de inversiones, es analizarlo como algo que, en esencia, no es. El arte abarca mucho más y su valor “real” no puede medirse únicamente en términos económicos o financieros. Entre otras reflexiones, cuestionarnos acerca del papel del arte y su potencial de expresión del espíritu humano nos lleva, de manera crucial e irremediable, a preguntarnos: ¿qué clase de sociedad queremos tener?

El valor social

El arte también puede incitar transformaciones sociales y enriquecer el mundo social de formas que no siempre son medibles en términos económicos o financieros. Muchos ejemplos del mundo de las artes, desde el movimiento muralista mexicano hasta el Festival de Woodstock y el arte urbano, han resultado en experiencias colectivas capaces de consolidar ideales sociales y políticos.

En particular, el poder aglutinante y revolucionario de las artes escénicas es único. El Teatro del Oprimido, diseñado por el brasileño Augusto Boal, utiliza obras teatrales a manera de intervenciones sociales en comunidades pequeñas en donde “el oprimido se convierte en el artista”. El propósito es entender un problema social y buscar posibles soluciones para después implementarlas, todo esto a través del teatro. Así, el teatro se convierte en ensayo del cambio social. Otro ejemplo del valor social del arte es el Teatro Foro, vertiente del Teatro del Oprimido, que ha sido empleado en campañas de alfabetización.

El valor histórico

A pesar de que algunos expertos ponen en duda la intención artística en vestigios históricos como la cueva de Altamira y, con ella, la clasificación de este tipo de creaciones como obras de arte, un hecho es incontrovertible: la historia, antes y después de la escritura, ha presenciado el constante impulso creativo del ser humano. Independientemente del propósito con el cual fueron creadas y del significado que subyace tras ellas (por ejemplo, el religioso, ritual o mitológico), las obras pictóricas, escultóricas, arquitectónicas y literarias del pasado, así como las tradiciones dancísticas y musicales, tienen un valor histórico inconmensurable. Son evidencias tangibles del entorno social, político, económico, cultural y religioso en el cual fueron creadas y difundidas.

Así, la coexistencia de todas estas formas de valor artístico, algunas intrínsecas a la obra de arte y otras ajenas a ella, muestra que el valor único del arte, simplemente, no existe. Más aún, el valor “real” del arte es imposible de definir, no por su carácter subjetivo ni por la complejidad de la relación entre el arte y el ser humano, sino porque el arte mismo trasciende sus diversas formas de apreciación.◊

 


1 Police Gazette.

2 Woman III.

3 Interchange.